«En la noble villa de Valladolid, a 19 días del mes de mayo, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil e quinientos e seis años, por ante mí Pedro de Hinojedo, escribano de cámara de sus Altezas y escribano de Provincia en la su Corte e Chancillería, e su escribano y notario público en todos los sus Reinos y Señoríos, é de los testigos de yuso escritos: el Sr. D. Cristóbal Colon, Almirante é Visorrey é Gobernador general de las islas é tierra firme de las Indias descubiertas é por descubrir que dijo que era, etc. Son testigos el bachiller Andrés Mirueña y Gaspar de la Misericordia, vecinos de Valladolid, y Bartolomé de Fresco, Alvaro Perez, Juan de Espinosa, Andrés y Hernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernan Martinez, criados de dicho señor Almirante»[534].
Muy significativo es el párrafo siguiente: «El Rey y la Reina, nuestros señores, cuando yo les serví con las Indias; digo serví, que parece que yo, por voluntad de Dios, se las dí, como cosa que era mía... é para las ir a descubrir allende poner el aviso y mi persona, Sus Altezas no gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedís, é a mí fué necesario de gastar el resto: así plugó a Sus Altezas que yo hubiere en mi parte de las dichas Indias, islas é tierra firme que son al Poniente de una raya que mandaron marcar sobre las islas de las Azores, y aquellas del Cabo Verde, cien leguas, la cual pasa de polo a polo; que yo hubiese en mi parte el tercio y el ochavo de todo, é además el diezmo de lo que está en ellas, como más largo se amuestra por los dichos mis privilegios é cartas de merced.» [(Apéndice T)].
Instituyó Colón dos mayorazgos: uno para Don Diego, hijo legítimo; y otro para Don Fernando, hijo natural. En ambos excluye a las hembras, las cuales únicamente podrán disfrutarlos en el caso de la completa falta de herederos varones. Sobre este particular, el académico D. Luis Vidart, hace la siguiente observación: «No pesó en el ánimo del Almirante la gratitud a su protectora la Reina Doña Isabel de Castilla, para inclinarle a respetar el mejor derecho de las hijas sobre los sobrinos, en la herencia de los bienes, sean o no amayorazgados»[535]. Ordenó Colón a su hijo D. Diego que fundara una capilla y que en ella hubiese «tres capellanes que digan cada día tres misas, una a la honra de la Santísima Trinidad, é la otra a la Concepción de Nuestra Señora, é la otra por el ánima de todos los fieles difuntos, é por mi ánima é de mi padre é madre é mujer.» La cláusula respecto a la madre de Don Fernando Colón, dice lo siguiente: «E le mando (a Don Diego) que haya encomendada a Beatriz Enríquez, madre de Don Fernando, mi hijo, que la provea que pueda vivir honestamente, como persona a quien yo soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La razon dello non es lícito de la escribir aquí.» A continuación del testamento se halla una memoria escrita de mano del Almirante, en que dispone se diese: «a los herederos de Jerónimo del Puerto, veinte ducados; a Antonio Vaso, dos mil quinientos reales, de Portugal; a un judío que moraba a la puerta de la Judería de Lisboa, el valor de medio marco de plata; a los herederos de Luis Centurion Escoto, treinta mil reales, de Portugal; a esos mismos herederos y a los de Paulo de Negro, cien ducados, y a Bautista Espíndola ó a sus herederos, si es muerto, veinte ducados.» [(Apéndice U)].
Escribe Don Fernando Colón, que cuando el Rey Católico salió de la ciudad de Valladolid a recibir a Felipe I el Hermoso, que venía a reinar en España, su padre, «el Almirante quedó muy agravado de gota y otras enfermedades, que no era la menor el verse decaído de su posesion, y en estas congojas dió el alma a Dios el día de su Ascension[536] a 20 de mayo de 1506, en la referida villa de Valladolid, habiendo recibido antes todos los Sacramentos de la Iglesia. Fueron sus últimas palabras: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. Las exequias se celebraron en Santa María la Antigua»[537].
Los restos del Almirante se depositaron—según algunos cronistas—en el convento de San Francisco. El Dr. D. Lorenzo Galíndez de Carvajal (n. en Plasencia el 1472 y m. en Burgos el 1532), en sus Adiciones genealógicas a los Claros varones de Castilla, de Fernán Pérez de Guzmán, escribe lo siguiente: «D. Cristóbal Colón, primer Almirante de las Indias, el cual primero las descubrió y halló en el año de mil cuatrocientos noventa y dos, y murió en Valladolid en el mes de mayo de mil quinientos seis, y allí se sepultó en el Monasterio de San Francisco en la capilla de Inés de Lacerda, para se llevar a la iglesia mayor de Sevilla, donde mandó hacer su capilla»[538]. En esta o en otras fuentes bebieron Washington Irving y Prescott, aquél en su obra ya citada, y éste en su Historia de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, cuando dicen que «los restos de Colón se depositaron primeramente en el convento de San Francisco de Valladolid»[539].
Ni dentro, ni fuera de España se hizo apenas caso de la muerte de Colón. La atención pública en España se hallaba distraída por la llegada de la princesa Juana y de su marido el archiduque Felipe de Austria, llamado el Hermoso, quienes iban a tomar posesión del reino de Castilla. A grandes y pequeños les interesaba saber si eran o no eran ciertas las discordias conyugales entre los dos príncipes, y si eran o no eran ciertos los disgustos y rencores entre el yerno y el suegro. A todos preocupaban las divisiones palaciegas; a ninguno el fallecimiento del hombre que había dado a España la mitad del globo. Europa tenía fijos sus ojos en el renacimiento, ya literario, ya artístico, y en las famosas guerras de Italia. Sucedíanse los descubrimientos y los inventos. ¿Quién había de acordarse de Colón, cuando sucesos de tanta importancia preocupaban a todas las naciones?
¿Qué juicio habían formado los contemporáneos de Colón? Pedro Mártir de Anglería, historiógrafo real, que por el año 1506 se hallaba cerca de la hermosa ciudad del Pisuerga, no dice una palabra ni de la enfermedad ni de la muerte de Colón; y entre las muchas cartas curiosas de aquellos tiempos, publicadas en la Biblioteca de autores españoles[540], no hay tampoco dato alguno sobre el particular; los redactores del Cronicón de Valladolid[541], que dan noticia de las cosas más insignificantes de la ciudad, no creyeron que la muerte del insigne genovés merecía la pena de escribir unas cuantas líneas; el historiador valisoletano Antolínez de Burgos, que nació en el último tercio del siglo xvi y murió a mediados del xvii, se contentó con decir que acabó el Almirante sus días en Valladolid en mayo de 1506, y D. Manuel Canesi, hijo de una de las familias principales de dicha población, en su Historia de Valladolid, en seis tomos[542] escribe que murió el «año 1506, a 26 de mayo (algunos dicen a 6)». Ignoraba, pues, Canesi, que Cristóbal Colón falleció el 20 del citado mayo.
Otra prueba del poco interés que excitó la muerte del Almirante, se encuentra en la obra alemana intitulada Países ignotos, que terminó Ruchhamer el 20 de septiembre de 1508, pues en ella se refiere que Colón y su hermano Bartolomé vivían todavía en la corte de España.
De modo que no pocos historiadores contemporáneos y muchos de los que después, hijos de Valladolid, escribieron sucesos de ciudad tan noble, apenas dedican unas pocas palabras de dudosa veracidad o no citan la muerte del hijo de Génova. Por el contrario, Galíndez de Carvajal en aquellos días, al tener noticia del fallecimiento de Colón, expresaba: «Podrá la inscripción que se le ha puesto borrarse de la piedra; pero no de la memoria de los hombres.» Estanques, cronista de Felipe el Hermoso, decía: «El descubrimiento de las Indias por D. Cristóbal Colón fué la cosa más señalada que antes de sus tiempos aconteció en el mundo..., el cual, si se hiciera en el de los griegos y romanos, cierto es que lo ensalzaran y ponderaran en muchos volúmenes e historias, como la grandeza del caso merecía.» Oviedo escribía a Carlos I lo que sigue: «Porque aunque todo lo escripto y por escribir en la tierra perezca, en el cielo se perpetuará tan famosa historia, donde todo lo bueno quiere Dios que sea remunerado y permanezca para su alabanza y gloria de tan famoso varón. Los antiguos le hubieran erigido estatua de oro, sin darse por ello exentos de gratitud.» Pinel y Monroy expone dicho particular en estos términos: «Fué, sin duda, la dificultosa empresa de D. Cristóbal la de mayor admiración que pudo caber en ánimo mortal, y que jamás imaginó ni concibió la esperanza de los siglos; y pudo con razón decirse que después de la creación del mundo y la redención del género humano, no resaltará en las letras sagradas ni profanas otra obra de mayor grandeza.»
En la ciudad de Roma, Huberto Foglieta, historiador de las grandezas de la Liguria, manifestó su indignación contra el vergonzoso silencio e increible ceguedad de su patria (Génova), que decretaba estatuas a ciudadanos de escaso mérito y no erigía ninguna al único de sus hijos cuya gloria no tenía igual[543]. La república de Génova, participando de la general indiferencia, no pensó, hasta el año 1577 «en consagrarle un trozo de aquel mármol de que tan pródigos son sus palacios»[544].