El escritor contemporáneo norteamericano Charles F. Lummis ha dicho muy acertadamente lo que sigue: «A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes vagabundos de media docena de distintas razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en América ni aportaron provecho alguno a la civilización...»[574]. En efecto, las expediciones de los escandinavos fueron infructuosas; los viajes de Colón cambiaron completamente la faz de la tierra.

Bendecido por la iglesia católica, que ha tratado de santificarle en estos últimos años; glorificado por todos los pueblos del Antiguo y del Nuevo Mundo, inmortalizado por la Historia, saludado por los poetas y enaltecido por los escultores y pintores, su nombre será siempre orgullo de España. Si algunas sombras empañan su retrato, siempre será Colón la figura más extraordinaria de su siglo, de aquél siglo en que tanto abundaban los hombres superiores y de mérito indiscutible.

En suma: para que no se nos diga que somos ciegos defensores de Colón, tentados estamos para terminar su retrato reconociendo, no sus bellezas, sino sus fealdades, no la sublimidad del genio, sino las pequeñeces del hombre vulgar. Envidioso, agrio de carácter, poco cariñoso con su primera mujer la portuguesa Felipa, amistado ilegítimamente con la andaluza Beatriz, comerciante a la manera judía, soñador hasta el punto que le dominaba la idea de recuperar el Santo Sepulcro, más encariñado con las riquezas que con la gloria, dominado por la idea de ir a las Indias y sin presentir jamás la existencia de otro mundo, mediano gobernante, severo con los españoles que servían a sus órdenes y autoritario con los indígenas; todo esto y algo más que pudiera decirse del insigne genovés, no tiene valor alguno. Con aquellas o sin aquellas cualidades, ¿dejó Cristóbal Colón de descubrir el Nuevo Mundo a las dos de la madrugada, poco más o menos, del viernes 12 de Octubre de 1492?

Al lado de Colón colocaremos a Isabel la Católica y a Martín Alonso Pinzón. Colón—dice Sales y Ferré—puso la idea, Isabel puso los medios y Pinzón puso la resolución. «Colón—añade el citado historiador—representa la inteligencia, Isabel el sentimiento, Pinzón la voluntad: los tres elementos indispensables en toda acción para que llegue a cumplido efecto»[575]. «Desde la intervención de los Pinzones en el descubrimiento—escribe Ibarra y Rodríguez, docto catedrático de la Universidad Central—van desapareciendo y venciéndose todos los inconvenientes»[576].

Debajo de las tres citadas figuras se colocan varios personajes en primero y segundo término. En primer término, Fr. Juan Pérez, Fray Antonio de Marchena y Fr. Diego de Deza, Alonso de Quintanilla, el cardenal Mendoza y el duque de Medinaceli; también el Rey Católico y los aragoneses Juan Cabrero, Gabriel Sánchez[577], Luis de Santángel[578], Juan de Coloma y Alonso de la Caballería. En segundo lugar García Fernández, médico que residía en Palos, muy aficionado a los estudios cosmográficos y algo astrólogo, el cual, en el solitario convento de la Rábida, dió no pocas veces aliento al ánimo decaído de Colón y de Juan Pérez; también la marquesa de Moya, Doña Beatriz de Bobadilla, Doña Juana Velázquez de la Torre, Gutiérre de Cárdenas, el Dr. Chanca y el P. Gorricio.

Injusticia—y no pequeña—sería olvidar el nombre de Beatriz Enríquez de Arana. Una mujer encantadora llamada Beatriz inspiró al Dante la Divina Comedia, y otra mujer, que tenía el mismo nombre que la amada del gran poeta, de noble alcurnia y bella según unos, de las clases inferiores de la sociedad y fea según otros, le hizo caso cuando todos le abandonaban y le tomó por cuerdo cuando todos le tenían por loco. Si grande era la fe de Colón en hallar nuevo camino para las Indias, era más grande el amor que profesaba a la joven que conoció durante su primera estancia en Córdoba y de la cual tuvo a su hijo Fernando. El amor a la cordobesa y a su hijo mantuvieron a Colón cada vez más firme en su idea y en sus esperanzas, a pesar de tantos desengaños y amarguras. Estos amores influyeron seguramente para que el genovés no saliese de España. Que siempre estuvo en buenas relaciones con la familia de su dulce amiga, se prueba considerando que en su primer viaje le acompañó Diego de Arana, primo de Beatriz, que fué muerto a manos de los indios en el fuerte de Navidad (isla Española), en tanto que el Almirante volvía a España; y en su tercer viaje llevó en su compañía a Pedro de Arana, hermano de su citada amiga. Si—como creemos—la madre de Fernando, con sus consejos y cuidados, logró reponer las fuerzas quebrantadas del soñador extranjero, no sin animarle a permanecer en España y hacer más llevadera su pobreza «vendiendo libros de estampa o haciendo cartas de marear»; si el amor ha obrado todos estos milagros, permítasenos grabar en las inmortales páginas de la historia y en sitio preferente, el nombre de la cordobesa Beatriz Enríquez de Arana.

Vamos a terminar este capítulo con los siguientes versos de un poeta mexicano, Justo Sierra y de dos poetas españoles, el duque de Rivas y el cantor de las Ermitas.

Colón (fragmentos de un poema dramático de Sierra):

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