Consideremos las fuentes de conocimiento. Para que nuestro estudio sea lo más completo posible, conviene recordar: 1.º Los monumentos históricos precolombinos que se han encontrado en aquellas antiguas tribus. 2.º Las obras históricas que tratan del descubrimiento, conquista, colonización, gobierno e independencia de las diferentes colonias españolas en las Indias.
De los mayas (tribus que se hallaban en México y en la América Central) se conservan los llamados libros del Chilan Balam (ciencia de los sacerdotes). Cada uno de estos libros se distingue por el nombre del pueblo en que se encontró; así se intitulan libro de Chilan Balam de Nabula, de Chumayel, de Mani, de Oxkatzcab y otros. Brinton cita hasta 16, y en ellos se registran curiosas e interesantes noticias. Hállanse algunos adornados con diferentes signos y aun con retratos más o menos perfectos.
De los quichés de Guatemala, se admira el Popol Vuch (libro nacional). Encontróse en el pueblo de Santo Tomás de Chichicastessango, y fué traducido al castellano por el Padre Francisco Ximénez, a principios del pasado siglo. En el año 1861 el abate Brasseur de Bourbourg lo vertió al frances, haciendo notar que los dos primeros libros eran una traducción del Tevamoxtli de los toltecas. «De las cuatro partes que contiene, las dos primeras se refieren a las ciencias poseídas por los sabios quichés, y las dos últimas a las tradiciones y anales de aquellas gentes hasta la conquista por los españoles»[40].
Además del Popol-Vuch, se encuentra otro documento, traducido por el citado Brasseur con el título de Memorial de Tepan-Atilan, que es un manuscrito en lengua cakchiquel[41].
Pasando por alto el drama titulado Rabinal Achi de los quichés, la comedia del Güegüence o del viejo ratón (Nicaragua) y el drama Ollanta de los incas, se pueden considerar los tres códices quichés-mayas que llevan los nombres de Dresde (porque se conserva en la Biblioteca Real de dicha ciudad), Troano y Cortesiano (fragmentos de un tercero) que se hallan en el Museo Arqueológico Nacional[42], y el Pereziano, existente en la Biblioteca Nacional de París[43].
Página del Códice Cortesiano.
Semejantes Códices los encontró el madrileño Gonzalo Fernández de Oviedo, en Nicaragua, y de ellos hizo la siguiente descripción en su Historia natural y general de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano[44]: «Tenían (los de Nicaragua) libros de pergamino que hacían de cueros de venados, tan anchos como una mano o más, e tan luengos como diez o doce passos, e más e menos, que se encogían e doblaban e resumían en el tamaño e grandeza de una mano por sus dobleces uno contra otro (a manera de reclamo), y en éstos tenían pintados sus caracteres o figuras de tinta roja o negra, de tal manera que aunque no eran lectura ni escriptura, significaban e se entendían por ellos todo lo que querían muy claramente, y en los tales libros tenían pintados sus términos y heredamientos, e lo que más les parecía que debía estar figurado, así como los caminos, los ríos, los montes e boscages e lo demás, para los tiempos de contienda o pleyto determinarlos por allí, con parecer de los viejos o güegües (que tanto quiere decir güegüe como viejo).»
En la región del Anahuac debieron existir muchos Códices como los citados, siendo en mayor número y más notables los de los acolhuas, cuya corte era Tezcuco. Entre los llamados mejicanos, los hay más bien de procedencia acolhua que azteca, pudiendo servir como ejemplo los denominados Borjiano, Vaticano, de Viena, de Bolonia, Fejervary, de Berlín, Mixteco y Cuicateca o de Porfirio Díaz (existentes los dos últimos en el Museo Nacional de México).
Los Códices aztecas, ya anteriores, ya posteriores a la conquista, merecen especial estudio. Citaremos los Bodleianos (son tres), los llamados Libros de Tributos, el Mendozino, el Vaticano y el Teleriano Renensis.