Por naturaleza el indio es holgazán y únicamente trabaja por temor al castigo.
Puede asegurarse del mismo modo que los naturales de este reino es gente de poco entendimiento, necesitando, por tanto, curador que los gobierne.
En tiempo de Guaynacapal eran escasos las cocas[672], y sólo las comía el Inca, el cual las mandaba como gran regalo a algunos caciques.
El mencionado Guaynacapal hacía que los indios trabajasen en las minas de oro, plata y otros metales.
Desde los tiempos de Topa Inca Yupangui, todos los curacas (hunos), que eran señores de diez mil indios, daban al dicho Inca un vaso de oro; los demás curacas y caciques mandaban a la corte y al servicio del Inca sus hijos mayores. También cada comarca o provincia enviaba a la corte un embajador para que enterase al Inca de todo lo que deseaba saber de la citada comarca.
Dijeron los indios informantes que Topa Inca Yupangui, padre de Guaynacapal, había muerto, ya viejo, en un pueblo que llaman Chincheso, en el camino del valle de Yucay, término del Cuzco, y que Guaynacapal murió en Quito, también anciano, y cuyo cuerpo trajeron a Cuzco.
Afirmaron del mismo modo, que los indios de los Andes, antes de la llegada de los españoles, comían carne humana, como también los de las provincias de los Chuncos y Chiriquanale.
Por último, dijeron que en las provincias de los Chinchas y del Collado había indios que cometían el pecado contra natura, a los cuales se les llamaba Oruas, que quiere decir hombre que hace de mujer, e iban vestidos como las mujeres y tenían los rostros afeitados.