Platón, después de exponer en su famoso tratado de la República el plan para organizar un Estado de la mejor forma posible, escribió «comentarios de aquellas mismas ideas y desarrollo de otras más o menos conexas con ellas?»[106].
En el Timeo, otro de los libros del filósofo griego, se lee lo que a continuación copiamos: «Entonces era el mar navegable en esos parajes, puesto que existía una isla enfrente de la embocadura, que designamos con el nombre de Columnas de Hércules, y esta isla era mayor que la Libia y el Asia juntas, y desde ella pasaban a otras islas en sus viajes los hombres de ese tiempo y desde estas islas al extenso continente directamente opuesto, que está limitado por el verdadero mar. El mar, que se halla dentro de la embocadura de que hemos hablado, es aparentemente un puerto con la entrada estrecha: pero el otro que está más allá es en realidad un mar, y la tierra que le rodea debía, con mayor corrección y con absoluta verdad, llamarse continente.»
Mayor importancia tiene para nuestro objeto el libro intitulado Critias. Refiere Critias lo que un ascendiente suyo había oído a Solón, quien a su vez lo aprendió en Egipto de cierto sacerdote de Sais, conocedor de los libros históricos guardados en un templo de la misma ciudad. La doctrina desenvuelta por el sabio legislador en un poema, iba dirigida a demostrar que nueve mil años antes de aquel tiempo, el pueblo ateniense, organizado casi igual al plan expuesto en los libros de la República, llegó a la mayor grandeza, lo mismo por sus virtudes cívicas que por sus triunfos militares. La misma ventura—pues las circunstancias eran las mismas—logró la Atlántida; pero allí y aquí la corrupción de costumbres atrajo el castigo del cielo y mientras en Grecia grandes inundaciones asolaron la tierra, dejando apenas rudos montañeses, ignorantes de las leyes y de los hechos heroicos de sus antepasados, la Atlántida, castigada por terribles terremotos, se sumergió en el fondo del mar. Tales sucesos—y por eso pudo decir con razón el sacerdote de Sais que los griegos eran siempre niños—sólo encontraron cabida en los libros sagrados de los egipcios. Luego trata Critias del origen de los atenienses, del clima y gobierno del Atica, como igualmente de los atlantes, según la relación egipcia. Prescindiendo de sucesos un tanto legendarios, dice que se encontraba en la isla, entre los metales, el oricalco, muy abundante y después del oro el más precioso. Añade que abundaban los animales domésticos y salvajes, en particular los elefantes, siendo de notar que había alimento de sobra lo mismo para los que pastaban en los montes y llanuras, que para los que vivían en los mares, pantanos y lagunas. Cultivábanse allí los árboles frutales, las flores y toda clase de hierbas y de plantas. Causaba admiración el grandioso alcázar de los Reyes, los puentes y los canales. Por último, eran sumamente curiosas ciertas leyes y ceremonias de los atlantes.
Al hablar Platón de la Atlántida sólo se propuso que sus conciudadanos viesen que el sistema político por él presentado tenía honrosos antecedentes en antiquísimos tiempos. «Metido—como dice Saavedra—en esa vía, no es de extrañar que fantaseara imperios, naciones, guerras y cataclismos, pues no escribía historia, sino pura filosofía política.» Pero, ¿qué hay de verdad en el relato de Critias? Creemos que el fondo es verdadero, como así lo han mostrado los sabios franceses Gaffarel, Luis Germain y otros.
Geógrafos e historiadores han estudiado en estos últimos años la situación que debió ocupar la Atlántida. Ya Fernández de Oviedo hubo de decir que la isla a que se refería el sacerdote egipcio era el continente americano, y ya el sueco Olof Rudveck (1630-1702) la situó en Suecia. Bailly la colocó más al Septentrión, y supuso que estuvo en las actuales tierras de Groenlandia, Islandia, Spitzberg y Nueva Zembla. Bael llevó el emplazamiento a la Palestina. Más acertados estuvieron los que situaron la Atlántida en el mar Tenebroso (Océano Atlántico), allende del Estrecho de Gibraltar, o sea en la región oriental del Atlántico, comprendida entre las islas de Cabo Verde, la de la Madera, las Canarias y las Azores[107].
El citado continente atlántico debió estar unido a América, quedando allí como resíduos las Antillas, las Bahamas y la península de la Florida. Que la Atlántida se hundiese bajo las aguas a consecuencia de violentas conmociones del planeta, no en los últimos tiempos del período terciario, como afirman algunos escritores, sino en el cuaternario, o tal vez posteriormente; que los cataclismos fueran dos mediando bastante tiempo del uno al otro, los sabios no se han puesto de acuerdo, si bien se hallan conformes en que dichos cataclismos han dejado como señales aquellas tierras atlántidas, y como huella de la terrible sacudida volcánica, el humeante pico de Teide en la isla canaria de Tenerife.
Sostienen algunos, entre ellos Berlioux, Profesor de Geografía Histórica en Marsella, y Fernández y González, Profesor de Estética en la Universidad de Madrid, que los primitivos libios pertenecían a la raza atlantea, siendo de igual modo cierto que de dicha raza procede el bereber, bereber que pasando del Africa a España tomó luego el nombre de ibero. Fijándonos en las Indias no dudamos de la comunicación de atlantes y tal vez de europeos con los americanos. Estudios recientes de geólogos, zoólogos y botánicos han venido, no a resolver, pero sí a dar luz a cuestión que al presente despierta tanto interés.
Los geólogos que han estudiado los fondos de la región oriental del Océano atlántico consideran como muy posible que en ella estuviese situada la Atlántida. Entre ellos citaremos a M. P. Termier, Director del servicio de la Carta geológica de Francia. Comienza diciendo que durante el verano de 1898 se hallaba un buque empleado en el tendido de un cable submarino entre Brest (ciudad de Francia, departamento del Finisterre) y el Cabo Cod, sobre el Atlántico (Estado de Massachusetts en los Estados Unidos), y como se rompiese el cable, se trató de encontrar por medio de garfios.
Verificóse la operación entre los 47° de latitud Norte y 29° 40 longitud Oeste de París, a unas 500 millas al Norte de las Azores. En aquellos sitios la profundidad media del mar era de unos 3.100 metros. Hallóse el cable; pero no sin grandes dificultades y después de recorrer con los garfios el fondo marino. Pudo apreciarse entonces que dicho fondo presentaba los caracteres de un país montañoso con altas cúspides, pendientes escarpadas y valles profundos, llamando también la atención las pequeñas porciones minerales con fracturas recientes que sacaron los garfios entre las uñas. Dichos minerales son partes de una lava vítrea que tiene la composición química de los basaltos, llamada taquilita por los petrógrafos. Del estudio de ciertos vidrios basálticos de las islas Hawai o Sandwich que se hallan en el archipiélago de Polinesia u Oceanía Oriental, y de las observaciones de M. Lacroix acerca de las lavas del Monte Pelado, en la Martinica (una de las Antillas meñores francesas) se deduce—según el Sr. Vera—«que las lavas encontradas en el fondo del Atlántico, en los parajes indicados, se hallaban recubriendo el suelo cuando éste no estaba aún sumergido. Este terreno se hundió después, descendiendo unos 3.000 metros, y como la superficie de las rocas ha conservado la disposición escabrosa, las rudas asperezas y las aristas vivas correspondientes a erupciones lávicas muy recientes, es preciso admitir que el hundimiento fué muy brusco y se verificó muy poco después de la emisión de las lavas; de no ser así, la erosión atmosférica y la acción de las olas hubieran suavizado las asperezas, nivelado las desigualdades y allanado en gran parte la superficie del suelo.
Así, pues, según los datos que suministra la Geología, se advierte una extrema movilidad en la región atlántica, sobre todo en la porción correspondiente al encuentro de la depresión mediterránea con la gran zona volcánica de tres mil kilómetros de anchura que corre de Norte a Sur en la mitad oriental del Atlántico. Se tiene, asimismo, la certeza de haber ocurrido en dicha zona grandes hundimientos de terreno, en los que islas y aun continentes han desaparecido. Se puede asegurar, además, que estos hundimientos han sido muy rápidos y algunos de ellos acaecidos en la época cuaternaria, habiendo, por lo tanto, posibilidad de que el hombre haya sido testigo de ellos. Geológicamente hablando, resulta, por consiguiente, que la historia de la Atlántida es perfectamente verosímil, refiriéndose a un país situado en la región atlántica a que se viene haciendo referencia.