Mujer esquimal.

Digna de estudio, por muchos conceptos, es la raza esquimal. Confundíanse a primera vista las mujeres con los hombres, no sólo porque el traje era igual, sino por la fisonomía. Tenían sucia y desgreñada cabellera, grandes ojos, ancho rostro, negruzco color y feo aspecto. Comían toda clase de carne y pescado, muy especialmente la grasa de la foca, de la ballena y del manatí. Las viviendas consistían, durante el verano, en poner de punta en el suelo tres o más palos, los cuales cubrían por la parte superior con pieles de foca o de chivo. En el invierno construían chozas a la manera de tinnehs, esto es, cuevas debajo de tierra con agujeros en la techumbre para la luz y el humo. La ocupación principal de los esquimales consistía en la caza y la pesca. Las armas eran el arco, la flecha, el dardo, la lanza, el hacha y la honda. Llamaba la atención en aquellas gentes sus grandes canoas, los trineos y los patines. De los trineos tiraban perros dóciles y fuertes. Encendían fuego por el frote de las maderas. Desconocían en absoluto los conocimientos científicos y su literatura estaba reducida a algunas lamentaciones fúnebres.

Eran sumamente aficionados a los banquetes, al canto y al baile. Los danzarines, al son del tamboril y el coro, remedaban mediante gestos a muchos animales.

Por lo que a la religión respecta, los esquimales profesaban el animismo. Creían no sólo que el hombre tenía alma, sino también los demás animales. Los sacerdotes (angakoks) eran legisladores, jueces y médicos, hallándose dotados además de cualidades superiores. Se les respetaba principalmente porque se les creía en relación con los espíritus. Se comunicaban con Tornarsuk, ser supremo y fuente de toda ciencia. Los hechiceros, que usaban los mismos procedimientos que nuestras brujas, ejercían ministerios mágicos y no pocas veces se les atribuía todas las calamidades que afligían al pueblo, en particular las pestes.

En lo tocante a la organización social de los esquimales puede asegurarse que se basaba en la familia y no en el clan. También se halla fuera de duda que entre ellos predominaba el patriarcado y la monogamia. La propiedad era comunal o cuando más familiar; la individual sólo existía al referirse a bienes muebles. Aun en nuestros días los esquimales viven en aldeas pequeñas (de 10 a 20 chozas), separadas por grandes distancias, siendo de notar, que apenas difieren en el lenguaje unas tribus de otras. A causa de la poca fecundidad de las mujeres y de la mucha mortandad de los niños, las tribus esquimales tienden a extinguirse.

«En las vastísimas comarcas donde esos hombres vivían, mar y tierra están lo más del año cubiertas de espesas capas de hielo, que no se derriten nunca en las cumbres de los altos montes. Huyen las aves a más templados climas, busca la res abrigo en las cavernas o en los apartados bosques, y reinan en toda la naturaleza la soledad y el silencio. Escasea tanto la vegetación, que en muchas partes no hay leña con que encender lumbre. Para colmo de mal, abandona el sol el horizonte y no vuelve a brillar sobre tan árido suelo hasta después de tres meses de noche y seis de crepúsculo. No interrumpe de vez en cuando tan largas tinieblas sino la aurora boreal con sus ya tenues, ya fúlgidos resplandores, que no parece sino que al extinguirse aumentan la obscuridad del espacio. Sólo entre mayo y agosto brilla sin interrupción la luz del día; libres de hielos las aguas, bajan al Océano con alegre estruendo; se cubren de musgo las rocas y de hierba y flores los espaciosos llanos. Sólo entonces pueblan el aire numerosas bandadas de pájaros que volvieron del Mediodía en busca de sus antiguos nidos; salen de sus cuevas o vienen de las lejanas selvas multitud de rangíferos, de ciervos-mosas, de almirílados ovibos, y con ellos inmensas greyes de búfalos. Durante el triste y prolongado invierno, sólo en el crepúsculo que precede al día resuena a lo largo de las playas el ladrar de las focas y el resoplar de las ballenas.»[217].

En suma: los esquimales «moraban y moran todavía, en número de 4.000, en el litoral Artico, desde el Labrador hasta el mar de Berhing; pero nunca penetraron en el interior del Continente»[218].

Al Sur de los esquimales, el Canadá se dividía entre dos grandes razas, a saber, la de los algonquinos y la de los athabascos. Constituían la dilatada familia de los algonquinos muchos pueblos, y se extendían—según la autorizada opinión de Bancroff—desde el golfo de San Lorenzo hasta las montañas rocosas. Cuando los europeos llegaron al país, el principal asiento de dicho grupo eran las tierras al Norte del San Lorenzo. Otros autores dicen que ocupaban la costa del Norte del Atlántico, desde el mar de Hudson al cabo Hatteras, exceptuando sólo los territorios de los dakotas o sioux.

Los athabascos poblaron las regiones comprendidas entre el mar Artico y las fronteras de Durango (México), desde la bahía de Hudson al mar Pacífico. A la familia de los athabascos pertenecen, entre otros, los salvajes navajos y apaches[219].

Adquirieron los navajos fama de hábiles plateros y tejedores; pero se cree, con algún fundamento, que dichas industrias se debían a tribus más cultas sujetas a dichos navajos. Los telares en que tejían el algodón consistían en dos vigas, una sujeta al suelo y otra que colgaba del techo, en las cuales se extendía perpendicularmente la urdimbre; además dos tablillas de pizarra que la mantenían en doble cruz y abrían paso a la lanzadera; ésta consistía en un palo corto a que arrollaban el hilo.