Juzgó entonces el P. Joseph que ya nosotros estábamos consumidos y cansados de tantas molestias y penas, por lo cual nos volvió á decir:
—El que quisiere volverse, vuélvase en buen hora, que yo estoy determinado á pasar adelante y á cumplir la voluntad de Dios y de mis superiores. Uno y más años caminaré por estos bosques si Dios me quiere conservar la vida hasta llegar al término deseado. Si encontráremos infieles, nos pararemos entre ellos y les enseñaremos la ley de Dios.
Tal brío y tal aliento tenía el P. Joseph, afligido de la hambre, sed, cansancio, y también de la desnudez (porque estando durmiendo junto al fuego se le quemó su pobre sotana) causándonos no poca maravilla que estando tan falto de fuerzas, que apenas se tenía en pie, no dudase llevar adelante, á tanta costa suya, un negocio tan difícil y casi desesperado.
Animados con su aliento y brío, nos entramos por un espeso bosque, donde el santo varón, pasando por las matas y troncos, armados de durísimas espinas por todas partes, dejaba aquellos andrajos de su sotana que habían escapado del fuego, cayendo á cada paso sin poderse levantar, con que era preciso darle la mano.
De esta manera, con gran fatiga, llegamos á un río, donde recobrados con algunos peces que pescamos, hicimos alto en donde poco antes había estado una tropa de infieles.
Estaba ya tan acabado de fuerzas el P. Joseph, que era muy poco lo que podía caminar, y entre tanto se pasaron muchos días sin llegar á la boca sino alguna poca de fruta silvestre.
Era admirable su paciencia y serenidad de ánimo en estos lances, sin mostrar el menor sentimiento cuando no tenía qué comer, gastando el tiempo absorto en Dios; y todas las mañanas, antes de ponerse en camino, estaba de rodillas largo espacio.
Hallamos cierta fruta silvestre que sólo nos hacía comer la extrema necesidad. Algunos exploradores que iban delante descubrieron á lo lejos una humareda, de que tuvimos todos grande alegría.
A primero de Octubre hicimos alto á la orilla de un río, donde nos pudimos reparar con pescado y tortugas que hallamos en una laguna. Pasamos adelante y nos faltó totalmente la comida y bebida, y no teníamos qué dar al Padre sino unos palmitos, que primero nos sirvieron de alimento, mas después experimentamos malignos efectos, causando al Padre gran dolor de estómago, y una fiera inflamación de las entrañas, con ardientísima sed.
En esta enfermedad se le acabaron tanto las fuerzas y se consumió de manera que creyendo ser ya llegado el fin de su vida, nos suplicó que le condujésemos á orillas de algún río, y que dejándole allí nos volviésemos al Paraguay.