Quisieron, lo primero, probar si podían convertir á la santa fe á los Guanoás; pero ellos lo rehusaron obstinadamente, dándoles por respuesta la misma razón porque los Jarós eran perdidísimos idólatras; conviene á saber, que el Dios de los cristianos sabía tanto, que no le era nada oculto, y por ser inmenso estaba en todos lugares mirando lo que en ellos se hace; que no querían tener un Dios que tuviese tanta ciencia y los ojos tan abiertos; que en sus bosques y cavernas vivían ellos con más paz y libertad sin tener un síndico ni juez continuo de sus acciones.
No aprovechando este medio, se tomó otro expediente que sólo parecía más concerniente al intento y fué comprar la amistad y benevolencia de la nobleza Guanoá con algunos presentes de cosas ordinarias entre nosotros, mas entre ellos muy apreciadas. Pero ni aún de esta manera se pudo reducir su obstinación á tratado de paz y concordia.
Entre tanto crecía la carestía, lloraban los pueblos y se podía temer con fundamento que la peste ó la desesperación destruyese aquella ilustrísima iglesia. Viendo esto el P. Arce, se ofreció á ir en persona á hablar á los principales caciques de los Guanoás y arriesgar su vida para rescatar de aquellas miserias las ánimas y los cuerpos de tantos millares de cristianos y arrojarse á la furia de la tempestad, para que con sola su muerte se serenase del todo.
Y en la realidad se tenía por cierto había de perder la vida, por las manifiestas señales del odio que nos tenían los Guanoás; por lo cual los nuestros, al darle los últimos abrazos á la despedida, le lloraban como si de cierto fuese á morir.
El, con una serenidad de rostro imperturbable, se puso en camino, pidiendo á Dios aceptase su vida en sacrificio de placación y paz, ó de la manera que más le agradase á su Majestad, y le fué necesario padecer semejantes trabajos, á los que toleró en su viaje á las Misiones de los Chiquitos.
Los bárbaros, admirando la generosidad y grandeza de su ánimo, ó ya fuese por su virtud, de que ellos también hacían grande aprecio, ó por la destreza y eficacia de sus agencias, ajustó por fin tan difícil negocio, se estableció la antigua y mutua paz entre ellos y se remedió la necesidad y hambre de tantos pueblos. Falleció este incomparable varón por el mes de Diciembre de 1715 en edad casi de setenta y cinco años, cuarenta y seis de religión y veintinueve de profesión de cuatro votos que había hecho á los 15 de Agosto de 1686. Fué un trienio Rector del colegio de Tarija, en que promovió mucho la observancia y religiosa nuestros ministerios.
Dejemos ya á este admirable varón y pasemos á dar alguna noticia de su apostólico compañero.
Nació, pues, el P. Bartolomé Blende á 24 de Agosto de 1675 en la ciudad de Bruxas, una de las principales del condado de Flandes, de padres nobles.
Era dotado de excelente ingenio, y para lograrle, empezó á estudiar en su patria las letras humanas y alguna cosa de filosofía; mas llamado de Dios á aprender en la Compañía de Jesús la sabiduría del Evangelio, no tuvo mucho trabajo en obedecer, pues aun en medio de los peligros del mundo, vivía con mucha religión y piedad.
Habiendo vivido en su provincia de Flandes cerca de quince años, alcanzó de nuestro Padre general Miguel Ángel Tamburini licencia para pasar á las Indias, cosa que por largo tiempo había deseado.