Por tanto, resolvió darse todo á Dios, al cuidado de su alma y á las cosas de la eternidad, gastando, como más próvido mercader, el resto de su vida en el tráfico de bienes no sujetos á mudanzas y reveses de la fortuna, en lo cual tuvo mejor logro que cuando en el mundo navegaba su prosperidad viento en popa.
Y Dios, que muchas veces se agrada más de los que vienen á trabajar en su viña á la última hora, que los que desde la primera hora del día echan mano á la labor, se agradó sobremanera de su determinación, y le dió luego de contado una plenitud de consuelo en su servicio, por prenda de galardón que sobre todos sus méritos le tenía preparado aquí en la tierra, y después eternamente en el cielo.
Por aquel tiempo, algunos piadosos españoles, recogiendo de los vecinos de Tarija algunas limosnas, enviaban todos los años un copioso socorro á la cristiandad de los Chiquitos y á los Misioneros lo necesario para celebrar el santo sacrificio de la misa, y hacer con toda la devoción posible las funciones sagradas.
Con esta provisión le enviaron una vez nuestros Padres del colegio de Tarija, con quienes él trataba familiarmente, y luego le pagó Dios aquella caridad muy largamente.
Porque considerando el fervor y santa vida de los nuevos cristianos y las apostólicas fatigas de los obreros evangélicos, que con vivir en semejantes trabajos, á los que de sí escribe el Apóstol San Pablo, estaban siempre alegres y con una boca de risa, se mudó en otro hombre y se le inflamó el corazón en vivísimos deseos de unirse más estrechamente con Dios, y gastar su vida en servicio de aquella nueva cristiandad, y de hecho dió luego muestras de cuán de veras lo decía.
Púsose luego á enseñar á los indios todos los oficios mecánicos, á desmontar los bosques, á labrar la tierra y á manejar los arados para cultivarla; con los enfermos, viejos y estropeados, tenía entrañas y ternura de madre; no había cosa que por ellos no hiciese; con los bárbaros que se convertían de nuevo, se deshacía en afectos de caridad, no sabía apartarse de su lado, parecía que se los quería meter dentro del corazón; y por bárbaros que fuesen, no dejaba de hacer con ellos semejantes demostraciones, no mirando en ellos lo que parecían en el exterior, sino el valor de sus almas, compradas por el Redentor con el precio de toda su sangre.
Ni por trabajar tanto por las almas de sus prójimos se descuidaba de la suya propia; recogíase muchas veces á tener oración, en el cual tiempo las copiosas lágrimas que derramaba, eran indicios de los consuelos con que Dios confortaba su espíritu.
Y á la verdad era bien necesario este consorte celestial para darle ánimo y aliento en la dura y continuada batalla con el enemigo infernal, que dolorido fuertemente de que un viejo idiota y sin letras corriese por el camino de la más alta perfección y se burlase de él quitándole tantas almas de sus manos, no le dejaba de perseguir de día ni de noche, ya apareciéndole en forma de feísimos animales, ya espantándosele con otras visiones abominables.
Duró esta terrible persecución más de tres años; mas nuestro Alberto, asistido siempre de Dios y del ángel de su guarda, que si no estaba á su lado en forma visible, á lo menos lo estaba con la invisible operación en su corazón, jamás se dió por vencido, ni omitió las acostumbradas obras de caridad, ni dió un paso atrás en el modo de vivir que había emprendido.
Y por ventura, en premio de esta generosa constancia, se le encendió el corazón en vivos deseos de entrar en la Compañía, que amaba tiernísimamente; mas atendida su mucha edad, era necesaria la licencia de nuestro Padre General, la que no se podía tan presto alcanzar; por lo cual, para consolar en parte sus plegarias y sus lágrimas, el P. Vice Provincial Luis de la Roca, cuando visitó aquellas Misiones, le admitió por Donado hasta que viniese de Roma la licencia de recibirle por hermano Coadjutor de la Compañía; pero el cielo le firmó más presto esta licencia, y la Compañía triunfante le contó en el número de aquellos campeones que bordaron la librea de Cristo con su propia sangre, antes que acá en la tierra le contase la militante en el número de aquéllos, que con los ministerios humildes de su estado la ayudan á la conversión de las almas.