Preguntóle después qué Padre le instruía y enseñaba la fe y quién venía con ellos.

Dijo que el P. Felipe Suárez, era cura de su pueblo, mas que ellos iban solos.

—Y, pues,—replicó el Mamaluco—¿qué capitanes y conductores os gobiernan?

Aquellos, con astucia más que de indios, les respondieron que sus capitanes eran sesenta. Entonces, vuelto á los suyos, les dijo el Mamaluco:

—Mucha gente tienen éstos alistada; y sin hablar más, haciendo tocar á retirada, se embarcó con todos los suyos en las canoas, huyendo á todo vogar, por no venir á las manos con tanta gente; y quiera el cielo que así como los cristianos Guaranís, de mucho tiempo á esta parte son el terror de estos crueles enemigos, así lo sean también los Chiquitos reducidos á la fe y al gobierno civil. Los neófitos, alegres con el buen logro de su astucia, anduvieron mucho trecho por aquella ribera, hasta que finalmente dieron con la Ranchería de los Curucanes, donde siendo bien recibidos, se pusieron todos en la plaza, de rodillas, á rezar el Rosario de Nuestra Señora para que Su Majestad diese á aquellos gentiles juicio (frase con que se explican cuando hacen oración por sí ó por otros á Nuestro Señor y á la Santísima Virgen) para que todos abrazasen la santa ley de Dios.

Mientras que los cristianos rezaban el Rosario, estaban los Curucanes llenos de estupor, refugiados en sus Ranchos, sospechando que aquella era alguna trama inventada en daño de ellos.

Acabaron los cristianos su santo ejercicio, y viéndose solos, fueron siguiendo los pasos de los fugitivos y cogieron diez, los cuales vinieron de buena gana á hacerse cristianos. Y éstos, habiendo vuelto el año siguiente á aquella tierra, redujeron á la santa fe doscientos y once, los cuales dieron noticia de otros muchos pueblos que eran confinantes con ellos, como son Merojones, Guijones, Bacusones, Betaminis, Aripayres, Zipes, Tades, Guarayos, Subarecas, Paricis y otros muchos.

También se debe reputar entre los aumentos de esta Reducción un funesto suceso, que para ejemplo de otros sucedió en ella.

Habíase bautizado en San Rafael una doncella de 18 años y se llamaba Isabela, la cual, poco después, se había casado; mas el común enemigo, pesaroso de que se le escapase de sus manos la que antes había sido toda suya, resolvió tentarla cuanto pudo, trayéndola á la memoria su antigua brutal vida.

Ella, pues, ya por estar en la flor de su edad y en lo mejor de la juventud, ya por las sugestiones del demonio, se rindió, finalmente, á sus apetitos, viviendo peor que antes: porque es ordinario que sea más malo quien abandona la fe que quien jamás la ha profesado. Perdida, pues, la vergüenza y el temor de Dios, se amistó mal con algunos de sus iguales; y para que no llegase á oídos del Padre Cura de aquella Reducción, se llegaba á los Santos Sacramentos frecuentemente, con muestras de tierna devoción y algunas lágrimas en los ojos.