Viendo nosotros su buena voluntad, determinamos que nuestros indios los defendiesen en caso que sus caciques intentasen cobrarlos á fuerza de armas; pero ellos les dieron de buena gana licencia, creciendo en ellos la estimación de nosotros, pues los Guaranís dejaban su hacienda y parientes sólo por venir á nuestras Reducciones y vivir en la observancia de la ley divina. Por lo cual nos cobraron tanto afecto, que como si fuesen amigos antiguos, entraron los dos caciques con toda seguridad y confianza en nuestro barco y se pusieron al lado del P. Superior.

Hallada tan buena coyuntura, se les habló con toda eficacia del bien de sus almas y cuánto interesaban en que nosotros los tomásemos á nuestro cargo, pues fuera de conseguir la salvación eterna y vivir como hombres é hijos de Dios, pasarían una vida quieta y libre de todo peligro, obligándose todos los pueblos de los Guaranís á defenderlos de los Mamalucos y Guyacurús, que cada año tanto les molestan.

Ofreciéronse de buena gana los dos caciques con todos sus vasallos á recibir el santo bautismo, y que exhortarían á hacer lo mismo á los Guatos y Guacharapos, para que unidos todos en un cuerpo, fundasen una Reducción.

Para asegurarnos más de este su buen daseo, les pedimos algunos infieles que ellos en años pasados habían hecho esclavos, para que instruídos en los misterios de nuestra santa fe, sirviesen después de intérpretes á los Misioneros, ofreciéndoles en contracambio ciertos platos de estaño, cuchillos, anzuelos, avalorios y otras cosas de este jaez.

De buena gana nos entregaron seis niños; dos de los cuales eran Penoquís, uno Sinemaca, otro Erebé, otro Curubina y el último Guarayo, los cuales á la vuelta, encomendamos al P. Jerónimo Herrán, para que en su Reducción los impusiese en los preceptos de la ley divina.

Entablada con esto la amistad de entrambas partes, se despidieron de nosotros los caciques, contentos y alegres con la esperanza de tener dentro de poco tiempo Misioneros, y ordenaron á algunos de sus vasallos que nos sirviesen con sus canoas, proveyéndonos de pescado por espacio de ciento y ciencuenta leguas de camino, que no fué pequeño socorro por la carestía de vituallas, de que ya padecía mucho nuestra gente y los PP. apenas tenían con qué sustentarse, por haberse corrompido ya el vizcocho y echado á perder el maíz; y el cuotidiano mantenimiento del P. Superior, por espacio de cuatro meses, fué sólo una simple escudilla de habas.

Finalmente, como mejor se pudo, tiramos adelante hasta tocar en las riberas donde vivían los Payaguás, matadores del buen Aniceto y sus compañeros; deseamos ganarlos y reducirlos al gremio de la Santa Iglesia; y para eso por medio de los Payaguás amigos, les enviamos una embajada asegurándoles de nuestro buen ánimo para con ellos y que les perdonábamos la traición pasada, que más por temor de alguna trama de sus enemigos, que por malicia, habían maquinado; que tomasen el partido de compañeros nuestros y fabricasen una Reducción, porque de otra manera, habiendo nosotros de frecuentar aquel camino, nuestros indios sujetarían su orgullo; y que para satisfacción de lo pasado, nos restituyesen los esclavos españoles que tenían.

Supieron los mensajeros tratar con tanta destreza el negocio, que poco después nos salieron ellos al encuentro, trayendo en una gran canoa á un español llamado Juan García, y se excusaron buenamente de la traición pasada; mas aún ahora se mostraron pérfidos y mentirosos, porque preguntados si tenían más esclavos respondieron que no, y supimos después en la Asunción que tenían otros tres.

Después de haber renovado la amistad se nos mostró la mayor parte sobre veinte canoas puestas á la fila, y uno á uno entraron en la barca para recibir algún regalo.

El día siguiente vinieron los caciques llamados ambos Jacayrá, presentándonos gran cantidad de fruta de la tierra. Después nos significaron el deseo que tenían ellos también de hacerse cristianos y fundar una Reducción en que los nuestros los instruyesen en los misterios de la santa ley de Dios.