Poco después vino el cacique, que al punto hizo retirar á los suyos y ordenó que recogiesen las armas que los nuestros, en señal de paz, habían puesto en el suelo.

Llevaban esto de mala gana los Chiquitos; pero su Capitán, fervorosísimo en la fe, cuando antes de convertirse parecía una fiera, mandó que se las dejasen coger, queriendo con tal bondad y mansedumbre ganarles el afecto y la voluntad, y sus almas para Cristo. Pero aprovechó poco, porque luego que los vieron desarmados cargaron los bárbaros sobre ellos y hubieran hecho en ellos un grande estrago, hasta no dejar ninguno vivo, si no se hubieran entrado algunos pocos dentro de los fosos; quedaron muchos heridos, y por muchos meses llevaban en el cuerpo las señales del fervor y deseo que fomentaban en sus pechos de verter la sangre por Cristo.

Fué uno de ellos herido en el vientre, y la punta de la flecha le dañó las entrañas; el cual con gran trabajo le condujeron á casa en brazos ajenos, y postrado en la cama por mucho tiempo, hasta que no le quedó más que la piel sobre los huesos, perdida la esperanza de sanar trató un Misionero de disponerle para morir, diciéndole que perdonase á sus enemigos y se tuviese por dichoso en dar su vida por llevar á otros la luz del Evangelio, que imitase á su buen Redentor que por sus enemigos pidió perdón á su Eterno Padre, amándoles con amor infinito, en recompensa de las injurias recibidas.

El buen indio lo oyó con gusto, y con lágrimas de tierno afecto, los perdonó y ofreció á Dios su vida por la salvación de aquéllos que le habían tan gravemente ofendido, y así le administró los Sacramentos y esperaba por instantes su feliz tránsito á mejor vida.

El día siguiente preguntó al enfermero en qué estado se hallaba el enfermo, á que respondió que estaba fuera de peligro, y que aquel Señor que había recibido le había quitado todo el mal.

No acababa el Padre de creerlo; pero hallando que era verdad, preguntó al indio, ya sano, qué le había sucedido. A que él satisfizo, diciendo: «El Señor, que tú ayer me diste, me ha librado y esta noche arrojé fuera todo el mal.»

Valiéndose de este caso, exhortó el Misionero á aquellos nuevos cristianos á perseverar en el bien comenzado y á amar á Dios, que con tal milagro manifestaba cuánto le agradaban sus fervores.

Empero, no faltó quien tomase venganza de aquella crueldad, porque los Piñocas andando también ellos en busca de almas, se encontraron acaso con ellos, y reconociéndolos por los rosarios y cruces que llevaban colgadas al cuello, despojos de los muertos (estos son los atavíos y adornos que tanto aprecian aquellos cristianos); aun con todo eso no los hubieran atacado, si el remordimiento de la conciencia no hubiese atizado á los infieles; los cuales, mientras se ponían en armas, recibieron de los Piñocas tal carga, que muchos de ellos cayeron muertos en tierra y entre ellos el cacique, autor de la traición.

Mejor fortuna corrieron otros indios de la misma Reducción de San Juan Bautista, que entrados en una Ranchería de Puraxís, lograron reducir á la Santa fe cincuenta familias, y con ellos, alegres y contentos, dieron la vuelta á su Ranchería.

Siendo informado el P. Visitador del estraño encuentro de los de la Reducción de San Joseph, ordenó que cien indios del mismo pueblo, pertrechados de armas, volviesen, no para castigar la crueldad de aquellos malvados, sino para traer los huesos de los muertos para darles honrosa sepultura y que con buenos modos, aunque siempre con las armas en la mano, les certificasen sinceramente del fin porque iban á su pueblo y del amor que, aun después de cometida aquella bárbara atrocidad, les tenían.