Encendióse luego en deseos fervorosos de ser uno de los señalados para pasar á Indias, á cuyo fin hizo á Dios Nuestro Señor repetidas súplicas para que se dignase su Divina Majestad de escogerle para propagar su gloria y llevar la luz de la fe á los que viven en las sombras de la gentilidad, ofreciéndose con voluntad pronta á los trabajos y á los peligros de la vida hasta derramar su sangre por la fe.
Agradaron al cielo estas ofertas como lo dieron á entender los efectos; porque teniéndole los Superiores como hábil para grandes empresas en el servicio de Dios, ciertos de lo sólido de sus virtudes le concedieron licencia, y poco después, en compañía de otros setenta Misioneros, se dió en Cádiz á la vela, y después de una trabajosa navegación en que murieron ocho de los nuestros, arribó á Buenos Aires, primer puerto de esta provincia, y de allí pasó á Córdoba de Tucumán, donde con crédito de ingenioso concluyó sus estudios.
No quiero omitir lo que él por humildad, y para enseñanza nuestra, refirió á un confidente suyo, y fué que viéndose en la filosofía superior á los otros condiscípulos en las funciones domésticas, se dejó llevar de alguna vana complacencia de sí mismo y se descuidó en rezar la oración del angélico doctor, que acostumbraba antes de estudiar, pero de aquí se le originó oscurecérsele algún tanto el entendimiento, y le fué necesario después sudar y trabajar mucha para entender las materias teológicas.
Acabados sus estudios y recibidas las sagradas órdenes, empleó su celo en las Misiones de la jurisdicción de la ciudad de Córdoba con igual gloria de Dios y aprovechamiento de las almas, así de los indios como de los españoles, que por su pobreza viven en aquellos desiertos y tierras, sin otra doctrina ni instrucción en la ley de Dios que la que les dan los nuestros cuando van á sus estancias y ranchos, siendo para ellos éste su día de Pascua y el de mayor devoción de todo el año; con lo cual recogió abundante cosecha de almas y de trabajos; aquéllas para Cristo y éstos para sí, por ser esta misión de las más difíciles y trabajosas que tenemos.
De aquí pasó á la conversión de los indios Pampas que confinan con este obispado, la cual empresa procuró seguir con todo empeño porque le traspasaba el corazón la pérdida de tantas almas metidas en las tinieblas de la gentilidad, viviendo, como viven, tan cercanas á los resplandores del Evangelio.
No es fácil referir cuánto sudó y trabajó para reducir á estos infieles, pero todo en vano, porque rehusaron obstinadamente recibir el santo bautismo y reducirse á vida política, con que se vió precisado á abandonarlos totalmente por no perder á un tiempo la vida y los deseos que ardían en su pecho de campo más dilatado y espacioso donde fuese más cierta la cosecha, como menos resistencia del terreno para recibir la semilla del Evangelio.
A este tiempo se trataba con más calor de emprender la misión y reducción de los Chiriguanás y Chiquitos, por lo cual el Padre pidió y obtuvo el ser señalado por uno de los primeros á quien tocase la suerte de reducir aquellos pueblos gentiles al conocimiento de su Criador.
Pusiéronle á cuidar de la Reducción de Nuestra Señora del Guapay, donde estuvo dos años, logrando más frutos de paciencia, hambre, sed, befas y escarnios de los infieles que almas para Cristo, por ser los Chiriguanás gente bárbara, sobremanera obstinada, á quien ni amedrentan los castigos ni los beneficios domestican, pues habiendo usado Dios Nuestro Señor con ellos de ambos medios, ya procurando atraerlos con milagros y con el fervor de varones apostólicos, ya asombrándoles con tempestades furiosas y rayos del cielo, y con la carestía y pestilencia de la tierra, perseveran protervos en su obstinación.
Acostumbrados, pues, estos bárbaros á sacudir el suave yugo del Evangelio por estar ya enfadados del celo del V. P. Lucas y sus compañeros, fingiendo que sólo habían venido á sus tierras para juntarlos y entregarlos á los Mamalucos del Brasil, los echaron del país y destruyeron la iglesia que habían fabricado, por cuya causa se retiró á los Chiquitos, en el pueblo de San Francisco Xavier, donde hallando el terreno más dispuesto al cultivo de la fe, asistía á aquellos nuevos fieles con increíble celo y amor; y á la verdad, era bien necesario su espíritu y fervor para acudir y socorrer las necesidades de aquella iglesia, afligida no menos de la peste que de la carestía de todo lo necesario, no dando treguas ni de día ni de noche á las fatigas y trabajos que le redujeron con una grave enfermedad al último trance de la vida, con extremo dolor de sus compañeros que le veneraban como á santo, y de los neófitos, que le amaban como á Padre.
Mas en esta aflicción quiso Dios consolar á todos, dándole en breve tiempo entera salud para que regase con su sangre aquella nueva viña del Señor (condición al parecer precisa para que la fe arraigue con permanencia en los campos donde se planta) que en adelante había de rendir copiosos frutos.