Salió uno de aquellos europeos, de quien poco ha hice mención, hombre perdido y cruel y encendido en cólera por ver más que nunca perdidos ahora sus intereses, maquinó con el fomento de otros parciales, hacer de un golpe dos tiros, que fueron recoger gran número de esclavos y malquistar al P. Lucas con aquellos pueblos, de suerte que jamás osase ponerse delante de ellos.
Con este designio pasó los Puraxís, y les dijo que no creyesen á aquel Padre, porque era un Mamaluco disfrazado en traje de jesuita; y para que viesen que decía verdad, á la vuelta (había pasado el V. Padre á reducir la nación de Tapacurás) le haría prender, y cargado de prisiones le remitiría á Santa Cruz de la Sierra.
No dió la gente á sus palabras todo el crédito que deseaba; pero no obstante, combatidos sus ánimos de dos diversos afectos, de temor de que en la realidad fuese Mamaluco y del amor que le tenían, estaban tristes y melancólicos.
Luego que el santo varón supo este enredo, les descubrió los fraudes del enemigo y procuró aquietarlos con buenas razones.
Poco después dió la vuelta con su gente aquel malvado, y afrentando al Padre con palabras llenas de oprobios, faltó poco para poner en él las manos. Por último, le intimó en nombre de S. M. Católica (que en tales empresas fingen estos malvados la autoridad real para abusar de ella cuando les está á cuento ó se atraviesan sus intereses) que se retirase luego de aquel país y fuese á dar razón al gobierno de Santa Cruz.
Este tan pesado lance no descompuso ni alteró en el P. Lucas aquella serenidad de ánimo que siempre mostraba en el semblante, sino atento solamente á reparar el daño que de aquí se podía seguir, le respondió con aquella intrépida y santa libertad que le daba el espíritu de Dios; que sabía bien se enderezaban todos sus designios, no á otro fin, sino á hacerle aborrecido de aquella gente para que en adelante jamás le admitiesen en aquellas tierras ni le diesen oídos. Que qué diría el pueblo de Santa Cruz al ver llevar preso á un pobre religioso porque predicaba la fe. Que no se fiase de su poder, pues Dios Nuestro Señor y la Majestad Católica del Rey, no tenían lejos las armas, aun de aquellos desiertos remotos, para hacerle pagar un atentado tan temerario é injusto; y por fin, que no esperase contrastar con sus embustes la piedad y celo de aquella piadosa ciudad y sus regidores. Replicóle el hombre perdido con furia que obedeciese. Mas el P. Lucas, no haciendo caso alguno de lo que le pudiese suceder por los enredos y calumnias de aquel hombre descarado, determinó quedarse para deshacer la máquina fabricada para daño y ruina de aquella nueva cristiandad.
A este tiempo le trajeron los Paraxís un indio Manacica, que hecho esclavo de aquel hombre, había tenido maña para huirse de él, y puesto en libertad se acompañó con los neófitos.
Entendía este Manacica alguna cosa del idioma de los Chiquitos, era de buen entendimiento, cuanto cabe en un bárbaro; observaba con atención las ceremonias sagradas, la forma de bautizar, el ponerse de rodillas delante de la santa cruz, el levantar las manos al cielo, las preces sagradas que muchas veces al día entonaba el santo varón en voz alta; y pareciéndole todo conforme á su genio y á la razón, procuraba hacer lo mismo.
Advertido esto muchas veces por el P. Lucas, y coligiendo lo que sería toda la nación, por lo que veía en aquel sólo, determinó emprender su conversión.