Ofendida excesivamente la soberbia diabólica de tal desprecio, se echaron sobre él, y con una fiera tempestad de muchos y crueles golpes, le pisaron, hirieron y maltrataron tanto, que le hicieron arrojar por la boca gran copia de sangre; y por más que repitieron los golpes, aunque lo redujeron á los últimos peligros de la vida, nunca pudieron contrastar su constancia. Tan profundas raíces habían echado en su ánimo la fe y la piedad, que el P. Lucas, y por su medio el Espíritu Santo, habían plantado en su corazón.

Un amigo, compadecido de sus trabajos, le exhortó, que á lo menos en lo exterior, mostrase algún respeto á los demonios y les diese gusto, hablando al cacique para que les fabricase su iglesia. Mas él, enojado, le echó de sí diciendo quería acabar la vida que le quedaba, antes que faltar un ápice á la ley que profesaba á Jesucristo, á quien sólo reconocía por Dios y Señor. Tan heroica virtud en un cristiano tan nuevo, no pudo dejar de ser premiada de Dios, que le restituyó á su antigua salud y fuerzas.

Volviendo ahora al hilo de la historia, bautizados los niños, no sólo de aquélla, sino de otras Rancherías, trató el P. Lucas de pasar á los Quiriquicas; mas los neófitos, á causa del invierno que amenazaba, emprendían de mala gana; aquel dificultoso viaje: empero representándoles el P. Lucas el galardón con que Dios premiaría sus fatigas en el cielo, los alentó tanto, que se sintieron increíblemente confortados á proseguir y durar en él.

Sólo faltaba persuadir al cacique Patozi que viniese con sus vasallos á abrir camino por medio de espesos bosques, y juntamente á hacer las paces con los Quiriquicas, porque el dicho cacique temía, con grande fundamento, le habían de quitar la vida los Quiriquicas, por el implacable odio que le tenían; no obstante esta dificultad, venció al cacique para emprender el viaje la reverencia y amor que al Padre tenía; y tomando una escogida escuadra de soldados bien armados, por si acaso fuese necesario, se fué tras el Padre; pero éste le dijo que no usase de las armas sino cuando fuese necesario para defender sus vidas de las saetas enemigas; que por lo que á sí tocaba, nada se le daba de vivir ó morir; y como fuese del agrado de Dios y honra suya, derramaría gustoso la sangre por adelantar la gloria divina.

A su imitación los neófitos, dejadas las armas, se ofrecieron á acompañarle en el peligro y en poner á riesgo su vida; y para que no hubiese alguno que faltase á sus órdenes, puso á la punta de todos á un santo indio, llamado Juan Quiara, amado de todos, aun de los gentiles, por la bondad de su vida é inocencia de sus costumbres.

Ajustadas las cosas en esta forma, se pusieron en camino, y tuvieron no poco qué hacer, primero con un bosque espesísimo en que gastaron algunos días para abrirle, después con la hambre, no hallando con qué sustentarse, sino una fruta silvestre que sola la carestía de otro manjar hacía dulce y sabrosa; conocióse entonces la ternura de afecto y la reverencia que tenían los gentiles al P. Lucas, porque viéndole descaecido, y que por la suma flaqueza apenas se podía tener en pie, le buscaban á costa de gran trabajo, algún poco de miel, y se quitaban la comida de la boca para tener con qué mantenerle sus fuerzas.

Estando ya cerca se adelantaron dos cristianos á reconocer la tierra y observar los movimientos de los paisanos, queriendo entrar sin ser sentidos en la Ranchería, para que no se alborotasen ó pusiesen en huida; mas Patozi, el cacique, con sabia advertencia, dijo que era en vano esta diligencia, porque los demonios habían avisado ya á los Maponos, y por medio de ellos á los capitanes. Y decía la verdad, porque pocos días antes, estando junto al pueblo para sus acostumbradas devociones, bajó al Tabernáculo el diablo Cozoriso, y con semblante triste y melancólico, le avisó de la venida de un enemigo suyo jurado que le había desterrado de otros países, trayendo en la mano una cruz, que era la ruina de su religión; y diciendo esto, prorumpió en un copioso llanto, como compadeciéndose de sí mismo, que ¿á dónde iría en partiéndose de allí? ¿Dónde podría con seguridad repararse para no ser desalojado? Que por tanto, si le amaban, tomasen luego las armas, y con el valor, y con el brazo fuerte, sostuviesen en pie su culto, que de otra suerte caería presto por tierra.

Con semejante nueva se conmovió todo el pueblo, y al mismo punto se encendió en rabia y furor contra cualquiera que maquinase algo en daño de la religión; pero no el Mapono, que argumentando é infiriendo cuán grande hombre y mayor que sus dioses debía ser aquél á quien sus dioses temían, les respondió con voz y ademán de enojado:

«Si este forastero es vuestro enemigo ¿porqué vosotros le dejáis el paso franco? ¿Por qué no le echáis del mundo, ó á lo menos tan lejos de aquí, que no se ponga á riesgo vuestra reputación? ¿Es este vuestro poder? Si necesitáis de nuestras armas para defenderos, ó no sois lo que mostráis, ó mostráis ser lo que no sois.»

Esta conclusión, deducida de los principios de la razón natural, fué bastante para que la gracia del Espíritu Santo penetrase de allí á poco su corazón, y de un tizón que era del infierno, le convirtiese en un ángel del Paraiso.