Mas no les cogió de improviso su venida á los de la Ranchería, porque dos días antes, estando todo el pueblo en sus devociones y súplicas, les dieron noticia aquellas diabólicas deidades de que venían el Padre y sus compañeros, diciendo Uracozoriso, con lágrimas en los ojos:
—Ya me veo obligado á buscar en otras partes otros que me adoren, porque de ésta mi iglesia me echa un grande enemigo mío, que ya se acerca: huíos también vosotros. Trae este hombre en la mano un instrumento (decíalo por la cruz) en que no puedo fijar la vista.
Oyó sus llantos y lamentos el pueblo, y procuró consolarle con mil dones y ofrendas; mas él, con sus compañeros, les volvieron el rostro, haciendo, como de concierto, un doloroso llanto, levantando el grito y los aullidos á manera de desesperados.
Causó esto en el pueblo gran confusión y espanto, el cual creció hasta que el demonio, en forma de un grande pájaro, despertando al cacique, le estimuló y exhortó á la fuga, por lo cual, así el cacique como el Mapono más venerable y de más años, y en pos de ellos gran parte de la plebe, se huyeron á los bosques, metiéndose en las grutas de las fieras.
Habíanse quedado algunos en el pueblo que estaban ya de partida, cuando el V. Padre, á pie, y con la cruz en la mano, acompañado de algunos cristianos más fervorosos, entró en la Ranchería, llevando en alto la imagen de la Santísima Virgen.
Apenas le divisaron los paisanos, cuando se pusieron en fuga, y de ellos detuvieron á algunos los compañeros del Padre, no sin riesgo, porque enfurecido un bárbaro, descargó en la cabeza de un muchacho cristiano tan fiero golpe, con una hacheta de piedra, que si Dios por su misericordia no hubiera permitido que errase el golpe, se la hubiera partido por medio.
Procuraron aquietarlos con buenas palabras y quitarles de la cabeza aquellas sombras y sospechas con que el enemigo infernal había maquinado impedir su conversión.
Luego, llamando el P. Caballero á un mozo de buen aire y bien agestado, procuró ganarle para sí con aquellos modos de amor y caridad que enseña á los varones apostólicos el celo de la salvación de los prójimos; y regalándole con mil cosillas de las que aprecian los bárbaros, le despachó á los que se habían huído; y Dios le puso en el corazón tal afecto para con el Misionero y en la lengua tal eficacia, que dentro de un breve rato volvió con una tropa de paisanos, y poco á poco los condujo á todos.
Miraban al Padre asombrados, y le imaginaban ó un monstruo ó cosa de la otra vida, pues, tenía tanto poder para desterrar á los Tinimaacas y echarlos de sus tierras; mas á sus dulces y suaves palabras se recobraron: y aunque ignorantes, reflexionando en aquellos lamentos y desesperaciones de sus dioses, infirieron, por evidente conclusión, que eran muy flacos y de ningún poder, pues no podían resistir á aquel hombre, con lo cual se le aficionaron increíblemente, y desterrado de sus corazones todo temor, hospedaron con igual afecto en sus ranchos ó chozas al Padre y á sus compañeros.
El día siguiente, juntó todo el pueblo en la plaza al pie de una cruz que allí había enarbolado les explicó los misterios que debían creer y los preceptos que habían de observar, descubriendo la vanidad de sus deidades y perversidad y fraude de los sacerdotes; y públicamente el más viejo de todos, que había encanecido en la malicia, no pudiendo negarse á las luces de la verdad, con que el Padre le daba en los ojos, se rindió vencido, y confesó que había engañado á los demás por tener con qué sustentarse.