Quiso, con todo eso, el Apostólico Padre pasar adelante, pero halló la gente confinante tan envenenada por aquella cruelísima matanza, urdida y maquinada á traición, que quería vengar la injuria en las vidas de los nuevos cristianos; por lo cual le fué preciso retirarse con presteza para que los inocentes no pagasen la pena de los culpados, difiriendo la empresa para cuando el tiempo pusiese en olvido el agravio y desahogando entre tanto su celo en otras tierras, cuyos moradores iba juntando en la nueva Reducción, la cual trasladó á sitio más cómodo para la salud de los cathecúmenos, en una llanura que de la banda de Oriente miraba á los Puyzocas, por el Norte á los Cozocas y á los Cosiricas por Occidente.

Aquí no daba treguas á las fatigas, imponiendo á los bárbaros, con increíble paciencia, en costumbres civiles y políticas, enseñándoles la observancia de los preceptos de la ley de Dios é instruyéndolos en los Misterios de la fe; siendo ésta la tarea continua de todo tiempo y de todas horas, y olvidado de sí mismo, sólo atendía al bien de los prójimos, de suerte, que aun el necesario alimento para conservar la vida apenas había día que no le repartiese con sus cristianos, gozoso y contento con dilatar la gloria de su Señor, y en comprar, á costa de sus sudores, la eterna bienaventuranza á aquella miserable gentilidad; y cuando cansada la naturaleza de tanto trabajo pedía algún reposo, se escondía en la iglesia, y todo absorto en las cosas divinas, se encendía en el amor de Dios, tanto, que no sabía apartarse de su amadísimo bien, hasta que no pudiendo sufrir más el cuerpo flaco, tomaba aquel corto sueño que era necesario para cobrar aliento y vigor, volviendo con más brío y denuedo á cultivar aquellas nuevas plantas. Estaba entre tanto pensando en las Apostólicas correrías que meditaba hacer á los Cosiricas, en abriendo el tiempo, especialmente porque éstos le enviaron una embajada para que los fuese á alistar en el número de los convertidos, ofreciendo sitio cómodo para fundar en él una Reducción.

Entró en duda de si sería más del servicio de Dios el aceptar la oferta de estos Cosiricas ó pasar á los Puyzocas, sobre que no le pareció tomar resolución cierta antes de conocer cuál fuese la voluntad de Dios; por lo cual, en espacio de muchos meses, en lo más oscuro de la noche se recogía á hacer oración (tomando para sí la noche y dando á los prójimos el día por no faltar á sus necesidades) pidió á los ángeles Custodios de aquellas naciones le alumbrasen el entendimiento con algún rayo de su luz, para que pudiese conocer con certeza cuál era en este negocio el divino beneplácito: y tuvo revelación ó luz interior de que la voluntad y agrado de Dios era que pasase á las tierras de los Puyzocas, y se pusiese á todo riesgo, sin hacer caso de su vida; y no sé de qué manera (porque las noticias que de aquellas Reducciones han venido no lo expresan).

Tuvo también anuncios de que el cielo había ya oído sus súplicas, y determinado dar cumplimiento á sus deseos de sacrificar la vida por las glorias de su Criador; y de cuáles fuesen los júbilos de su corazón y cuáles las alegrías, más fácil es pensarlo que decirlo. Pero no obstante, quiso Dios quitarle un poco de aquel exceso de dulzura en que estaba su alma felizmente anegada, permitiendo á la parte inferior trabajase y diese que hacer á la superior, para que fuese tanto más glorioso el triunfo y la palma, cuanto fuese más dificultosa la victoria; porque corriéndole por las venas un sudor frío, se puso pálido y se le representó tan fiera la vista de la muerte, que le hizo muchas veces entrar en duda si debía ejecutar aquella empresa; y cada vez que pensaba en ella temblaba todo, y mostraba en lo exterior señales de la batalla interior; y no sé si por sus ordinarias enfermedades ó por nueva destemplanza de los humores que causaba á todos los miembros aquel combate del espíritu y de la carne, le bajó á las piernas un humor maligno que le obligó á hacer cama, pretendiendo, al parecer, la naturaleza, con aquellos extremos, conservar la vida, á quien tan de cerca amenazaba la muerte; y de hecho el V. Padre estaba en gran perplegidad y angustia de ánimo, de suerte que no se atrevía á resolver por sí mismo, y era espectáculo digno de compasión verlo batallar consigo mismo, venciendo una vez más, y quedando otra vencido, siempre pensativo y como asombrado con esta lucha.

Al fin volvió Dios los ojos de su piedad al V. Padre, que por tan largo tiempo, en hambre, sed, pobreza y tantos trabajos, había sido su fidelísimo siervo, y penetrándole lo íntimo del alma con un rayo de luz, esclareció aquella densa niebla, que antes le tenía en oscuridad y tinieblas, y le infundió tal valor y aliento en el espíritu, que vencida del primer lance la carne, dijo con gran denuedo:

«—Que por sentir tanta repugnancia quería, á pesar suyo, poner manos á la obra.»

Son palabras suyas; y estando ya de partida, escribió á un comisionero suyo, avisándole con confianza de lo sucedido y pidiéndole sus oraciones, añadió:

Spiritus quidém promptus est, caro autem infirma.

Por último, se puso en camino hacia los Puyzocas, acompañado de treinta y seis Manacicas recién bautizados; y llegando á la primera tierra de aquella nación, fué recibido con muestras de grande amor y benevolencia, presentándole la gente frutas del país en grande abundancia y encubriendo de esta manera lo que maquinaban: de allí pasó á la segunda Ranchería, pero llevado en brazos ajenos, porque así por la flaqueza del cuerpo como por un pantano que había de por medio, no se podía tener en pie; aquí también fué recibido con una falsa alegría y con alhagüeñas palabras, que los traidores tenían ya premeditadas, y habiéndole entretenido el cacique en conversación, encubriendo en su pecho sus dañados intentos, ordenó entre tanto á su gente que llevasen á los forasteros á sus casas, dividiéndolos de manera que hubiese pocos en cada una, para hacer así el tiro con más seguridad.

Apenas los nuevos cristianos se habían sentado á la mesa, ignorantes de lo que contra ellos se maquinaba, salieron de repente en tropa muchas mujeres desnudas, las cuales tiraron ciertas líneas de color negro en sus rostros (ceremonia que usa esta nación con los que quieren matar) de la cual los cristianos se maravillaron mucho; y luego dieron sobre ellos muchos indios con gran furia y mataron, con poco trabajo, á la mayor parte de los cristianos.