Ella me mandó cocer
en uno de los peroles
de la casa. ¡Caracoles
con el baño de placer!
Quedé más blando que un higo
¡y gruñí más entre dientes!...
Que lo digan mis parientes,
¡los que cocían conmigo!
En fin, tras el baño aquel
me colocó una real moza
en una fuente de loza
que puso sobre el mantel.
Estuvo un rato Inés Franco
si me muerde ó no me muerde.
¡Y al fin me mordió lo verde!
¡Y al fin me chupó lo blanco!
No hacía lo que Canuto,
su esposo, que se zampaba
lo blanco y después tiraba
lo verde el cacho de bruto.
Con verdadero deleite
Inés hizo mi succión,
tras de darme un remojón
en vinagre, sal y aceite.
Tales meneos llevé
sobre el plato, que hube ya
de decir: «¡Que se me va
la cabeza!» ¡Y se me fué!
Inés dijo con franqueza
que la volvíamos loca,
y cuando llegué á su boca
llegué sin pies ni cabeza.
Las muelas de Inés después
hicieron en mí un desmoche;
caí en un saco de noche
que lleva por dentro Inés,
y allí me encontré reunidos
muchos manjares variados,
que por lo desmejorados
estaban desconocidos.