Pero no hay que sacar de quicio las cosas, como cierta señora que sólo con el caparazón de un pollo simpático y las raspas de una merluza distinguida quiso hacer un soberbio timbal de macarrones, y no pudiendo lograrlo, se conformó con aplicar aquellos ingredientes á la confección de unos bollos para tomar el chocolate, que, según su autora, la supieron á gloria, pero que al día siguiente se la llevaron á la tumba fría, en unión de una criada y un gato, copartícipes del famoso arreglo.

Con esto, lector querido, y con desear que no se te indigesten las presentes páginas, tan desprovistas de sal, doy fin á mi trabajo, te saludo y me retiro modestamente por el foro.

ÚLTIMA HORA
¡ME HAN MATADO!

¿No sabes lo que me ocurre,
queridísimo lector?
Pues una desgracia enorme,
una desventura atroz.
Soy desde chico un goloso
de los de marca mayor,
y sin duda por lo mucho
que mi estómago abusó,
salen ahora mis doctores
diciéndome á toda voz:
«No comas en adelante
cosas que tengan dulzor
y toma en lugar de azúcar
bicarbonato de sos[3],
y ojo al Cristo, porque es grave
tu presente situación.»
Como madre á quien separan
de los hijos que crió,
como frágil barquichuela
que se queda sin timón,
como gallo que despluman
para echarlo en el arroz,
como joven á quien sacan
quince muelas y un raigón,
ó como órgano que queda
sin fuelle, ó como reloj
que pierde la maquinaria,
¡así me he quedado yo!
¿Ya para mí qué es la vida?
Una desesperación.
¿Se me antoja un pastelillo?
Tengo que exclamar:—¡Horror!
Y en lugar de aquellas cremas
da feliz recordación,
tengo que comprar guindillas
ó mojama ó coliflor.
¿Crees que puedo llevar trajes
de lana dulce? Ya no.
Ni admito ya de mis novias
dulces miradas de amor,
ni tengo la buena pasta
que siempre me distinguió
ni me como como enantes
diez duquesas de un tirón.
Nada de hablar en finústico
ni de vestir comme il faut:
¡ser un chico almibarado
sería mi perdición!
El busto del general
Dulce, que en un velador
de mi casa está, lo tiro
mañana por el balcón.
Y voy á romper las cartas
de mi prima Leonor,
porque es monja capuchina,
y á quitarle á mi chapeau
las alas abarquilladas.
¿Yo barquillos? ¡No, por Dios!
Estos doctores ilustres,
con el deseo mejor,
me han hecho á mí la... receta
de una manera feroz!

En fin, para que conozcas
lo grande que es mi temor,
yo, que siempre le he pedido
una muerte dulce á Dios,
hoy le retiro mi ruego,
pues sé que, en mi situación,
si tengo una muerte dulce...
¡me voy á poner peor!


ÍNDICE

Páginas.
Á todo aquel lector que tenga la costumbre de comer [7]
¿Debe haber flores en la mesa? [17]
¿Cómo se debe tomar el café? [18]
Recetas de guisos (40) [19]
Poesías culinarias:
El espárrago expansivo [89]
Un almuerzo [92]
El bizcocho de las monjas [94]
Á una prima tacaña [97]
Comestibles [101]
Una paella morrocotuda [103]
¡Valiente tortilla! [106]
Mi despensa [108]
Epigramas [110]
Postres variados (ocho) [111]
Cantares de un goloso [142]
Platos especiales [145]
Á todo aquel lector que hubiere comido [154]
Última hora.—¡Me han matado! [157]