Y Platero trota indócil, intentando á cada instante volverse, con un reproche en su trotecillo menudo:

—Parece mentira, parece mentira, parece mentira...

XVII
CALOSFRÍO

LA luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácito, á nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino asaeteado de estrellas de Marzo... Un olor penetrante á naranjas..., humedad y silencio... La cañada de las Brujas...

—¡Platero, qué... frío!

Platero, no sé si con su miedo ó con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, á su trote...

Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese á alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave del pueblo que se acerca...

XVIII
ELLA Y NOSOTROS

PLATERO; acaso ella se iba—¿adonde?—en aquel tren negro y soleado que, por la vía alta, cortándose sobre los nubarrones blancos, huía hacia el norte.

Yo estaba abajo, contigo, en el trigal amarillo y ondeante, goteado todo de sangre de amapolas, que ya Julio coronaba de ceniza. Y las nubecillas de vapor celeste—¿te acuerdas?—entristecían un momento el sol y las flores, rodando vanamente hacia la nada...