XXXVI
EL NIÑO TONTO

SIEMPRE que volvíamos por la calle de San José, estaba el niño tonto á la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños á quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás.

Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento negro, no estaba el niño en su puerta. Cantaba un pájaro en el solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta, que, cuando se quedó sin su niño, le preguntó por él á la mariposa gallega:

Volvoreta d' aliñas douradas...

Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que desde la calle de San José se fué al cielo. Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos.

XXXVII
DOMINGO

LA pregonera vocinglería de la esquila de vuelta, cercana ya, ya distante, resuena en el cielo de la mañana de fiesta como si todo el azul fuera de cristal. Y el campo, un poco enfermo ya, parece que se dora de las notas caídas del alegre revuelo florido.

Todos, hasta el guarda, se han ido al pueblo para ver la procesión. Nos hemos quedado solos Platero y yo. ¡Qué paz! ¡Qué pureza! ¡Qué bienestar! Dejo á Platero en el prado alto, y yo me echo, bajo un pino, lleno de pájaros que no se van, á leer. Omar Khayyam...

En el silencio que queda entre los repiques, el hervidero interno de la mañana de Septiembre cobra presencia y sonido. Las avispas orinegras vuelan en torno de la parra cargada de sanos racimos moscateles, y las mariposas, que andan confundidas con las flores, parece que se ríen al revolar. Es la soledad como un gran pensamiento de luz.

De vez en cuando, Platero deja de comer, y me mira—Yo, de vez en cuando, dejo de leer, y miro á Platero...