Cayó el gatillo, dió fuego,

al tronido desmayose

doña Sancha. Alborotado

el viejo empezó a dar voces.

Yo, viendo el cielo en el suelo,

y eclipsados sus dos soles,

juzgué sin duda por muerta

la vida de mis acciones,

pensando que cometieron

sacrilegio tan enorme