A la fuera, como afueras; el adverbio fuera sustantivado. Radío, errado, de errativus. Berc., Mil., 230: El que a mi cantaba la misa cada día | judguestilo por bestia é por cosa radía. En Aragón, radío vale suelto, libre, y radido, miserable, avaro.
Rrespuso, respondió, de responer. Alex., 44: Respuso el infante. Atrev-uda, atrev-ida. El pecado, que trae S, aquí es el diablo, como dice G, á quien todo pecado se atribuye.
Pestorejo, el cuello detrás de la oreja, de post. L. Fern., 25: No vos cimbre yo el cayado | por somo del pestorejo. Cuestalada dice S, por la cuesta ayuso de G, costalada, golpe cayendo como un costal. Enpiuelan en G, en S, apiuelan, de apiolar, de pihuela. Argote, Monter., 44. Tras esto cortan el cuero de los pies traseros (al conejo, etc.), desconcertandolos por los coyunturas, para descubrir los nervios para colgarle de ellos y esto se llama apiolar. Empiolar es, en Córdoba, como aquí, amarrar la caza muerta por las patas con ellas mismas, desarticulándolas, y poner pihuela al halcón. (Covarr.). J. Tolosa, Disc., 1, 9: Los halcones, que las arremetidas que dan, cuando estan empiolados, no es tanto por soltarse de las pihuelas. Sy non partes del trebejo, si no te apartas del juego. Sandío y sendío sonaba antes, hoy sándio, como que viene de sendos y del subfijo -ío: propiamente es el simple, de singulus, mediante sendos.
Gaho, gafo, término injurioso, no menos que invernizo, tomado de lo de aquel tiempo, que está arrugado y frío. ¡Qué mal hice en dejar por ti (dice S, pero contra el verso) á mi marido! El vaqueriso, su marido Herroso. Como se pella, se hace una pella ó pelota, sin necesidad de que llueva ó haga rocío, esto es, como te doblegas como cosa blanda y consientes en lo que quiero.
Cornejo, como á cuatro leguas de San Ildefonso, al principio de la Fuenfría, en el sesmo de San Millán. Es venta, llamada más abajo la casa del Cornejo. (Sánchez). Tajar por cortar fué muy clásico. Lorda, como lerda (véase Cejador, Tesoro, L, 83). Avenir, acaecer. Soñó poderse casar conmigo como con cualquiera de sus vecinos. Esta broma es muy del Arcipreste, que debía ser harto socarrón, y quién sabe si de veras se la tomó alguna vez por aquellos vericuetos con alguna serrana, fingiendo quererse casar con ella. Nótese la sencillez con que la bobalicona se lo cree y las cosillas que le pide como ajuar, que no desdicen de las que hoy llevan a la boda por aquellas aldeas.