De prima, de madrugada, hora de rezar prima. Esgrima, espada negra, que tiene guardas. Çima, lo que hoy dicen éxito, dar cima, cabo, lograr. Guarda en los conventos de monjas la religiosa que acompaña á los hombres que entran en él; en la espada lo que resguarda el puño.
Alto cuello, pintura al fresco en dos pinceladas como de tal artista. Pero el epifonema ¡Desaguisado fiso... es más natural todavía y fresca exclamación. Las tres coplas siguientes no tienen par en la literatura herótica. ¿Cuántas veces habrán descrito los poetas el encuentro de dos que se enamoran? Ninguno alcanzó á decirlo con más brío, color, sentimiento y en menos palabras.
Apretarse las manos, de admiracion y espanto. ¡Velo negro, á ella, que era una rosa blanca!
Aunque sea errança, especie de adulterio contra Dios para el que peca con monja ¡ay Dios! ¡Quisiera haber sido yo ese pecador dichoso; después de hecho el pecado, haría penitencia! Pensamiento que el Arcipreste atribuye al clérigo mundano, que quiere juntar la Fe y el miedo al infierno con tan horrendo sacrilegio. Que esto acaezca y tales pensamientos y deseos pasen por cabezas clericales, es un hecho; pero ¿dónde está el hombre que con la valentía del Arcipreste lo diga y con la fuerza de su pincel lo pinte?
Candela, fuego, como dicen los aduluces. Los dos últimos versos dicen tanto y tan bien como el Veni, vidi, vici de Julio César; pero con una armonía y suavidad incomparable.