No sufría tal espacio y vagar el estilo y tamaño de los libros de esta biblioteca de Clásicos Castellanos, y he debido ceñirme a sus límites, aunque creo haber sacado en limpio el texto, haber aclarado su sentido literal de manera que cualquiera persona medianamente instruída llegue a entenderlo, y haber apuntado las suficientes noticias para que se conozca el ser y costumbres de aquel siglo.

Del libro, bien estudiado, se sacan las pocas noticias siguientes, tocantes al extraño personaje de su autor: Llamóse Juan Ruiz (c. [19] y [575]). Nació en Alcalá de Henares (c. [326], [1510]). Fué Arcipreste de Hita, villa en la provincia de Guadalajara. Cargo era éste de importancia, como entonces todos los eclesiásticos, y el primero de la villa, puesto que el Arcipreste es cabeza de todos los demás clérigos. Era ya muerto, probablemente, a no ser que hubiera dejado el arciprestazgo, el año 1351, pues en escritura que cita Antonio Sánchez era arcipreste allí y aquel año un tal Pedro Fernández; todavía parece más probable que hubiese muerto para el año 1348, como deduzco por cierta conjetura de la copla [326] (véase mi nota). Acabó de componer su libro el año 1343 (c. [1634]), siendo ya viejo (c. [1692]) y estando preso en Toledo por mandado del Arzobispo de aquella ciudad D. Gil de Albornoz (c. [1671], [1709]).

Compuso, por consiguiente, el libro en los últimos años de su vida, preso y lleno de angustias, agraviado e injustamente puesto en prisión, "por causas meramente curiales", dice Menéndez y Pelayo, muy probablemente por falsas delaciones sobre que hablaba contra el Arzobispo, llevadas de parte de los clérigos de Talavera, fuertemente enojados por la sangrienta sátira que contra ellos escribió (c. [1690]).

Fué persona leída y entendida en Sagrada Escritura, Derecho civil y canónico, en la erudición latino-eclesiástica de su siglo y en los libros de D. Juan Manuel y demás obras que hasta entonces se habían escrito en lengua vulgar.

La biblioteca del Arcipreste debió de ser harto menguada. Por su libro se saca que conocía la Biblia, varias obras canónicas y jurídicas, que menciona en la copla [1152]; las Decretales (c. [1148]); el Decreto ([introducción]); el Especulo (c. [1152]); el Libro de las tafurerias (c. [556]); el Conde Lucanor, del cual sacó el asunto de algunas fábulas; el poema de Alexandre, al cual imita (c. [1266]); algún Isopete, del que sacó el de otros apólogos;[[A]] el Pamphilus, que glosó; los Aforismos de Caton ([introducción] y c. [44], [568]). A Aristóteles cita en la copla [71], a Tolomeo en la [124] y a Hipócrates en la [303]; pero sin duda de segunda mano.

No tenía ningún clásico latino ni menos griego, pues aunque cita a Ovidio ([429], [446], [612], [891]), para él y sus contemporáneos Ovidio Nason era principalmente el Pamphilus medioeval, obra de un monje imitador del verdadero Ovidio. Tampoco trae nada su libro de la Disciplina clericalis del judío converso español Pedro Alfonso ni del Libro de los engaños o Sendebar, mandado verter al castellano por el infante D. Fadrique, obras ambas que pudiera muy bien haber aprovechado por la comunidad de asuntos y que acaso leyó; pero que es extraño no hayan dejado la menor huella en el Libro de Buen Amor. De la poesía francesa debió de conocer algo, aunque no tanto como creyó Puymaigre, pues el cuento de Pitas Pajas probablemente fué español de origen, si no fué invento del mismo Arcipreste ([474]), y las serranillas tenían su abolengo en la lírica popular.[[B]] No habiendo conocido el Roman de la Rose, derramado por toda Europa y de asunto tan parecido al de su libro, ¿qué otra obra francesa iba a conocer?

Pero este maravilloso poeta, si no tenía libros, tampoco los necesitaba. Fué un vidente de la naturaleza, de las almas, de la sociedad en que vivía; un verdadero vate, que estaba por cima de los libros y calaba adonde los libros no alcanzan.

Que fué personaje de cuenta y de gran confianza para el gran estadista, no menor conocedor de hombres y severo y enterizo Arzobispo de Toledo, gran privado del emperador Alfonso XI y del Papa (notas a las coplas [1690], [1516]), don Gil de Albornoz,[[C]] se ve claramente por la grave comisión que le encargó de llevar sus letras al clero de Talavera, con amplios poderes (c. [1690]) para retraer a aquellos clérigos de la suelta vida que llevaban y hacerles apartar de sus mancebas, a ellos y a los seglares de aquella población. Puesto que D. Gil fué Arzobispo de Toledo desde el año 1337 hasta el 1350, en que se puso al servicio del Papa en Aviñón, esta comisión fué después del año 1337, algunos años más tarde, sin duda, y el Arcipreste era ya hombre entrado en años, pues él se llama viejo (c. [1692]) y de conocido valer, prudencia y severas costumbres. Este hecho incontrastable y cierto de toda certeza es el que ha de tenerse bien en cuenta al juzgar de su persona y de su obra, la cual vino a escribir por las causas y acontecimientos que de todo esto se desprenden y son como siguen.

No debió de ser grande la enmienda de los clérigos de Talavera, cuando, a pocos años, escribió el Arcipreste la famosa sátira, que añadió más tarde al final de su libro. Poco después se vió puesto en prisión por causas desconocidas, y lo más probable por las dichas delaciones de aquellos señores (c. [1709]). Entonces fué cuando, tomando aquella sátira clerical como boceto de otra mayor, compuso el Libro de Buen Amor, cuyo intento es claramente satirizar a los clérigos de vida airada que, como aquellos de Talavera, tanto abundaban por España (c. [505]). El personaje principal de todo el libro es un arcipreste, como cabeza de clérigos perdidos y más perdido que todos ellos.

Para dar vida dramática a la sátira, habla en primera persona el de Hita, poniéndose así en el lugar del dicho arcipreste abstracto, que personifica toda la perdida clerigalla. De este modo, en forma autobiográfica, va describiendo cuanto a aquellos clérigos solía acontecerles, que se resume en la lucha en su alma y en sus obras entre el espíritu cristiano del amor de Dios o buen amor, como el Arcipreste le llama, y el espíritu carnal y mundano, que él intitula locura o loco amor. Llevado de la naturaleza carnal, que el protagonista atribuye al sino, conforme a las doctrinas astrológicas de entonces, busca una tras otra mujeres para sus amoríos, valiéndose de tercerones y de terceronas viejas. La fe cristiana le vuelve una y otra vez a Dios y al buen camino mediante los desengaños, de que la gracia se vale, según la católica teología. Pero suele quedar vencedor el loco amor, porque tal sucede a los hombres de carne y hueso, y el Arcipreste no se espanta de pintar los hechos y la verdad como ella se es.