Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.
Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.
Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas. Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras, prisioneras contigo?»
Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas, medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor, confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino, si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo. Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará Amor.»
Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino, donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias, recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.
Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría. Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche, parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.
La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche. Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines, brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que volviese la noche, esperando que les diese tregua.
Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultársele que tales visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros; pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le apareció, diciendo:
«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces, si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»
Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida la hallaron, porque estaba sentada con guirnalda de pino, y la trajeron á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril, como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe, y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño, hechizado con el son, andaba á par que pacía.