LIBRO TERCERO.
Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno, los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso.
Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de labranza, considerando más propios de bandido que de general tales actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna, esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los que habían maltratado á los jóvenes, por lo cual reconocían que se habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin tan inesperado como el principio.
Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua; parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga.
Con esta forzosa permanencia dentro de casa, se holgaban los demás pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso, abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer, porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó esta treta para verla.
Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno del otro, que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos: mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros, Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve, no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues, se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso en acecho de los pájaros y también de Cloe.
En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda, estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde hallar el más plausible. «Pediré candela.—¿Cómo es eso? ¿No tienes á nadie más cerca á quien pedirla?—Pediré pan.—Tu zurrón está bien provisto.—Diré que me falta vino.—Há poco que hiciste la vendimia.—Un lobo me persigue.—¿Dónde están las huellas de ese lobo?—Vine á cazar pájaros.—Pues vete, ya que los has cazado.—Quiero ver á Cloe.—No es fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió lo que sigue.
Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa; resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y le hace que entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para no caer ambos.
Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último, fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe. Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque tenían que hacer un sacrificio á Baco, y Dafnis, de puro contento, por poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa, donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe, le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba.