De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.

En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones. Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley, 1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger y Passow, en 1765, 1803 y 1811.

Tenemos también una traducción sobrado libre de Dafnis y Cloe, hecha en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al célebre Antonio Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de Nápoles.

Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, revue, corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L. Courier.

En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original ambas traducciones.

En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones: algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.

Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado en llamar fabla antigua esto es, en el castellano del siglo XIV ó del siglo XV. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro de inventar una fabla antigua, que jamás se hubiese hablado. Para Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en nuestra traducción.

II. Dice el proemio: y habiendo buscado á alguien que me explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros. P. L. Courier traduce: si cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le tout entendu, en composai ces quatre libres. Yo empleo quince palabras, y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el autor griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada, diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien qui me les donna á entendre par le menu, no se contentó con buscarle, sino que también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de su cosecha, et ayant le tout entendu. En otras ocasiones añade también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien porque halla alguna frase que le parece bonita. Yo he procurado evitar tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.

La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia. No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras. Traduce Courier: peut remettre en memoire de ses amours celui qui autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore point été. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca. Son diez y siete palabras.

III. Á unos doscientos estadios de Mitilene, yo traduzco deὅσον ἀπὸ σταδίων διακοσίων; en latín, stadia circiter ducenta. Estadio es palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone: environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène. En este caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de dracmas, dinero, y traduce Courier escudos. Yo prefiero poner dracmas, y no traducir escudos, ducados, reales ó pesetas, que entonces no había. Hay palabras que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir peplo, clámide, estola ó coturno, por prendas de vestir parecidas y en uso en nuestros días.