Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes, contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es shocking, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto, hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil, etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é insufrible.
La novela de Dafnis y Cloe es, pues, lo que debe y puede ser, y tal como es, es muy linda.
Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente, y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.
Dafnis y Cloe, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún, mutatis mutandis, no sólo á Pablo y Virginia, sino á muchas preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español, pocos años há, cierto amigo mío, con el título de Pepita Jiménez.
De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso, tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande, cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos modelos de tal género de composición, en nuestros días, son Hermann y Dorotea, de Goethe, y Evangelina, de Longfellow. Algunos de nuestros mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó seis años. Así Campoamor, en los que llama Pequeños poemas, y Núñez de Arce, en otro que titula Idilio.
Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman el gramático ó el escolástico, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la novela en verso de Hero y Leandro, que es un idilio por el estilo de los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un pequeño poema precioso. Ganas se le han pasado al traductor de Dafnis y Cloe de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de sus muchas faltas.
PROEMIO
Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas y á ver la pintura.