De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya existieron y que me son simpáticos.

Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor; pero todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de Nebonasar.

Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos años antes de Cristo.

Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la ciudad por Arbaces el medo y Belesu el babilonio, estaba, á pesar del tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.

Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.

II.

Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es, ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si dijéramos el poseedor ó dueño de gallardos mulos; en asirio le llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica, Vakistarra, que significa el que lleva la lanza. Traducido este título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.

Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder darle un nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges, y Estrianges le llamaremos.

Nada hay nuevo debajo del sol, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales; pero son á menudo semejantes.

En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los otros poderes.