Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en la montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba, Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras, y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas dispersas que á Dafnis y Cloe separados.
En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los campos próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis estuvo á punto de perderse.
Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor, comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo, lloraba, aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había llevado.
Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra y abundante; el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya para decidir cuál de los dos la tenía más delicada.
Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas, y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo.
Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía, al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras, encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba, porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya reía, ya lloraba; si dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones:
«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor.
Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho, mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.
Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún porque con ellos podía regalar á Dafnis.
No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar. Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta manera: