Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de los jesuítas que no los conozco nec beneficio, nec injuria, trataré aquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial, movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome á no agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.
Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de humildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de la humildad y de la manera en que yo la entiendo.
Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á si propio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todo cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando, encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia las criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos, procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, por virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia á cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia para con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo y confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto, á mi ver, es la humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con más hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y abyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y los corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivo tiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con San Agustín: gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios? Y no sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado cuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que el mismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable y sublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición y forma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doble naturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco de sus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque se comprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin que propuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idéntico al consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en el Sermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréis como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en el cielo.
El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á la perfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á ser perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser en el primer sentido arriba expresado.
Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de la humildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no me explico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad, confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte á hacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tener confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las fuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandes empresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos de tener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz de dar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claro está que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muy piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad existirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y no es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza de que Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo que queremos.
Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de que hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sino orgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo la sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, si circunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencial disposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podría parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo á la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así, más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo no soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y si esto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómo ha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de la sociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupable que crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor del mundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremo excelentes.
Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aún mientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que la Compañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia que en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchos bienes para el linaje humano.
No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondría falta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien tal hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior condición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posición ó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó de industriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilección precedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajos motivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraría que el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras que hubiera podido seguir.
Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de los jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un concepto sublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error ó exageración del entendimiento.
Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando el asunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrina religiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia en punto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criterio librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía de Jesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar por seguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese su fundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en la historía del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo el digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le eclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extenderse como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no á extinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para ésta un campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía y la vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendían la fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas en países remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa había perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo xvi.