Todo autor, por frío y desamorado que sea, consagra á cuanto escribe, aunque lo estime en poco, un amor semejante al que tienen los padres á sus hijos, á quienes aman aunque sean feos y no bonitos, enfermizos y no robustos, tontos y no discretos. Y dado en mí, como se da, este amor, harto se comprende mi deseo de que no queden mis hijos espirituales anegados en un inmenso piélago de papeles donde se perderían sin duda y nadie volvería á acordarse de ellos. La unión da fuerza, y yo los reuno para ver si de esta suerte se sostienen y sobrenadan y llegan sin hundirse y sin ser arrebatados por la corriente del río del olvido al pequeño y seguro puerto del poco numeroso público, cuyas simpatías he logrado captarme.

Si este público nada aprende leyéndome, bien puede ser que se entretenga apaciblemente con mi lectura y que divierta el espíritu de penosos y graves cuidados. Bien puede ser también que el favorable aspecto bajo el cual veo yo dichos y hechos, y que mi confianza en los destinos de la patria y en el mejor término y desenlace para los conflictos y apuros en que se encuentra hoy, agraden y consuelen á quien me lea, con lo cual me daré yo por bien pagado y justificaré razonablemente el haber reunido estas obrillas que los críticos severos y los que no me quieran bien calificarán por lo menos de insignificantes.

Tienen con todo una muy importante significación, que no mengua sino crece, aunque se suponga trivial y vulgarísimo cuanto se dice en ellas. Yo soy, sin duda, quien lo dice; pero, por lo mismo que lo dicho es vulgar, quien lo piensa y lo siente es una no pequeña parte del público, de la cual vengo así á convertirme en órgano, representante y heraldo.

Al presente, está muy en moda, en literatura, el reunir documentos humanos. Valga, pues, este libro, si no vale para nada más, como reunión de tales documentos. Yo expreso lo que en él se expresa; pero conmigo lo piensan y lo sienten muchos miles de semejantes y de compatriotas míos. Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente ó en documental y merece ser publicado y hasta leído. Creo, por último, que, si al escribirle he desechado toda preocupación interesada y le he escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leerá con gusto, si no con provecho, y esto me basta.

DISONANCIAS Y ARMONÍAS
DE LA MORAL Y DE LA ESTÉTICA

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I

Al Sr. D. Salvador Riada.

MI querido amigo: Mucho siento tener que decir á usted que Monte-Cristo, que oye turbio y que, además, suele distraerse, hubo de engañarse, y tal vez engañó á usted, sin la menor malicia, cuando le aseguró que me había parecido muy bien el Himno á la carne. Ni bien ni mal podía parecerme una obra que yo aún no conocía. Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que también me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del talento poético de usted, que tan claro me parece, y él lo aplicó al Himno de que me hablaba, y que yo no podía alabar por serme entonces desconocido.