Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales, cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos, antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de la salud de la patria.

De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar á nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio de la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y por cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y las estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos pasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.

En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó como deber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales, antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso. Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el combate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En la gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y áspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera mitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, el Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que teniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, en campo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvas tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se sustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder público para cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso y valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen sin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo que merecen.

La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener fundamento más sólido ni más claro.

En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que fué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á la pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la isla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay, sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la metrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelo natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.

A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el general Weyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni guarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que como soldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque se preveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza y aturde. El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en que muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la beligerancia de los insurrectos.

Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho á España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída, recomendar prudencia y sufrimientos mayores.

Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su honra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte. Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias soberanas?

Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja, ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de fuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y deseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero ya que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones, á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de los decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se vele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada como lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para comprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se emplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto de inaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, con sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes públicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cada ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.

Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos tratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: pero cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran República Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que el Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.