Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso de sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los que incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas, lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña destrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desde Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología, cita una octava de la Lamentación de Byron, de Núñez de Arce, donde el poeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todo en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte del Asia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son españoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo que anhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sus sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, ó no son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notable diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su capa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos; pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se queda con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de bandido.
Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitud de crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar y aun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar de indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.
Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.
Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee, menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación, que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el desdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemos á los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. Don Marcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor, hablando de América, en su obra titulada Ciencia española, que la ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra. El mismo Sr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su casta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha el Sr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez y Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación, enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven é inexperto todavía.
Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos que aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.
Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar El Libertador, dice: Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y yo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no llamar por su cuenta Libertador á Bolívar. Los españoles peninsulares, sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar gran capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en suma, todo lo que se quiera menos Libertador, porque esto sería confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos inícuos de quienes conviene libertarse.
La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada y celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se queja (en su Viaje á España) de que no pongamos por las nubes á Bolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr. Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á los hispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope, de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas líricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana.
No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni á Ventura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del Duero.
Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su saber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América española se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos como en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, á quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D. Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con fundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, de Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.
El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura dirigida contra la Antología de poetas hispano-americanos del Sr. Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sé cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndez y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano. El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrar que sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando con franqueza, su Antología hubiera valido más, si en vez de constar de cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su Antología se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumas vendió á Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso comprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los compró tampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellos tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á uno solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. Mutatis mutandis lo propio puede decirse de la Antología del Sr. Menéndez y Pelayo.