Su adoración, su entusiasmo por la lengua y la literatura de Castilla, corren parejas con el conocimiento que de ellas tiene, cuya extensión no pondero, pero cuya intensidad es incomparable. Nadie con más fervor ni con más tino que Montalvo elogia, en mi sentir, la lengua castellana y las obras maestras que en esta lengua se han escrito.

Montalvo tiene, como todos los americanos, latinos y no latinos, una calidad buena, si bien por su exageración peca á veces de sobrado cándida y aun llega á prestarse á la burla; la manía de imitar á los europeos, superándolos y eclipsándolos. Cuando esta cualidad va acompañada, como en Montalvo, de grandísimo respeto hacia los bien entendidos y mejor sentidos modelos, la cualidad es simpática y llega á producir obras de mérito. Lejos de poner solución de continuidad, conserva unida la civilización europea con la transplantada al Nuevo Mundo; y cuanto en el Nuevo Mundo se cria, sin dejar de ser propio de su suelo, parece como mugrón robusto ó como retoño que se nutre aún de la savia que viene de Europa, aunque en tierra virgen y más fértil reverdezca con mayor lozanía, extienda más sus ramas y haga brotar en ellas más flores y más frutos.

En las obras principales y mejores de Montalvo se advierte la mencionada cualidad. Enamorado del modelo, le imita y anhela superarle, pero respetándole y amándole siempre.

Así, en Los Siete Tratados no habrá quien no note la imitación de Miguel de Montaigne y el amor que á Montalvo inspira; y así en El espectador, se advierte que Montalvo, prendado de Addison, propende á imitarle hasta en el nombre ó título de su obra. Pero en Montalvo había tanto ser propio y un sentir y un pensar tan profundamente arraigados en el alma, que todo ello sale con ímpetu y se pone en la imitación de tal suerte, que la imitación es muy distinta de lo imitado, ya que la informa otro espíritu nuevo y muy distinto. De este modo, sin que yo pretenda igualar las producciones al compararlas, fray Luis de León imita á Horacio en La vida del campo, y compone una oda que Horacio ni siquiera entendería, si sabiendo bien el español resucitase.

Todo el anterior preámbulo y más aún necesitaría y emplearía yo, si no fuese monstruosidad convertir en preámbulo todo este artículo, que por fuerza ha de ser muy breve, para preparar á mis lectores y para impedir que se asusten, cuando, permítaseme lo vulgar de la frase, llegue el trueno gordo; la revelación del título y del asunto de la obra póstuma de Juan Montalvo: la aclaración de las palabras que me sirven de epígrafe.

Juan Montalvo encabeza su obra postuma con una elocuentísima introducción. Nada mejor pensado, ni mejor escrito, ni más entusiasta á par que juicioso, ni más esmaltado de sentencias metafísicas, estéticas y morales, puede, en mi sentir, escribirse en elogio del príncipe de nuestros ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra, á quien coloca Montalvo entre los mayores que ha habido en el mundo, y á cuyo Quijote sólo pone por cima la Biblia y la Iliada. Y ahora llega por fin el trueno gordo. El título de la obra póstuma es el siguiente: Capítulos que se olvidaron á Cervantes. Ensayo de imitación de un libro inimitable.

Y en efecto, Juan Montalvo escribe y sus herederos ó sus admiradores y paisanos dan á la estampa, en Bezanson, en 1895, aunque el libro no ha llegado hasta ahora á nuestras manos, nada menos que sesenta capítulos añadidos al Quijote. Acaso el autor, en vida, no se hubiera atrevido á publicarlos. Acaso no pretendió nunca rivalizar con Cervantes. Acaso el extremo de su amor y de su admiración le hizo incurrir en esta á modo de locura. Nada menos parecido á Cervantes que Juan Montalvo; uno, todo espontaneidad, sencillez y alta inspiración, á menudo casi inconsciente; otro, todo reflexión, artificio y doctrina. El libro de Montalvo, no obstante, es la obra de un hombre de gran talento, del más atildado prosista que en estos últimos tiempos ha escrito en lengua castellana, y de un hombre, por último, de imaginación briosa y rica. Su libro merece ser examinado y juzgado, pero no caben en este articulo ni el examen ni el fallo. Quédense, pues, para otro día, si alguien muestra curiosidad por conocerlos.

EL PAÍS DE LA CASTAÑETA

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