En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos empeñado en probar que murió el antiguo pensamiento español castizo, y que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofía sin metafísica; sus ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación, sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fué el espíritu de una época en la historia de Europa, ó si se quiere, de todo el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo y hermosura, primero en sus escritores, y en su revolución más tarde. ¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos escritores dijeron y de lo que la revolución hizo? Hasta podía considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero, y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fué menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante á las reglas del arte, á la forma, á lo meramente literario, apenas merece tenerse en cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Fóscolo y Pindemonte nada deben á la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun cuando queríamos sujetarnos á las reglas venidas de Francia, éramos originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su época, es D. Ramón de la Cruz como Lope ó como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes poetas líricos que hemos citado, y los de bastantes otros más recientes que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega ó no el amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos, pecamos en el día por todo lo contrario. Cada cual propende á figurarse, poniéndose él á un lado como excepción rara y punto menos que única, que por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La maledicencia, la más acerba censura, y la sátira más cruel se manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían á la gente de á bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que sólo empezaban á perder la esperanza cuando veían á la gente de á bordo, resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos denostemos y nos humillemos unos á otros hasta no poder más; pero hoy quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un razonable sursum corda.
Válganme para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países. No es mi intento ofender á nadie, pero he de hablar con entera franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia transcendente de nuestros oradores es injusta á todas luces. De sobra hay en cualquiera otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad, el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros oradores. Y en cuanto á la capacidad política que da muestra de sí en la acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.
Claro está, y cómo negarlo, que España está pobre; que materialmente se halla más atrasada que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, los Estados Unidos, y tal vez algunos otros países; que es menos poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien años por incesantes discordias civiles, y que en los momentos solemnes en que vivimos ahora se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso mayores. ¿Pero la causa de esto, digámoslo sin rodeos ni disimulos, es que los españoles del día son más inhábiles, menos enérgicos, menos probos y menos entusiastas que los de otras edades para nosotros más dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia; puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fácil explicar la causa. Fuera de España, en América y en Europa, hasta donde yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos torpe, ni menos floja, ni menos ruda que en España. Y en cuanto á los sujetos eminentes, directores y gobernadores de los Estados, ya me guardaré yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord inglés cuando envió á viajar á su hijo: anda, hijo mío, y pásmate al ver qué casta de hombres gobiernan el mundo. Yo disto mucho de ser tan severo como el citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaña); pero no he tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de declararlo aquí aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros, jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya transformado en mi imaginación á los de España en unos pobrecitos pigmeos. Confieso que no he conocido á Cavour ni á Bismarck, que son los que, en estos últimos sesenta años, han hecho más grandes cosas; pero he conocido á muy ilustres varones, dirigiendo la política de florecientes Imperios, Repúblicas y Monarquías, y, acaso por falta de sonda mental, no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados corifeos políticos, abismo en cuyas por mí inexplicadas honduras han de residir la agudeza, el tino y la sabiduría que hacen que todo les salga bien, mientras que todo por aquí nos sale mal por carecer de esas prendas.
Me induce á sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postración ó el encumbramiento de las naciones depende del valor del conjunto de sus ciudadanos y del mérito extraordinario de los hombres que las dirigen. Por mucho entran el valor y el mérito; pero hay otro factor importante, y es la fortuna. Bien sé que no hay fortuna para Dios: todo está previsto y ordenado por Él; mas para los hombres, ¿cómo negar que hay fortuna? ¿Quién prevé todos los casos adversos y prósperos? Y aunque se prevean, aunque se señale en un cuadro del porvenir el curso que han de llevar los sucesos, ¿depende por completo de la voluntad humana el variar ese curso? Imaginemos el político más maravillosamente previsor, y todavía podrá ser como el astrónomo que anuncia la aparición de un cometa y no le detiene, que anuncia un eclipse y no le evita; ó como el médico que pronostica los estragos de una tisis galopante y la próxima muerte del enfermo y no sabe curarle.
Yo doy, pues, por seguro que así en el encumbramiento y prosperidad de los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mérito y el valer, entra por algo ó por mucho también lo que llama acaso la gente irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa á la voluntad del Altísimo ó lo que ciertos impíos y sutiles metafísicos sostienen que depende del orden inalterable en que los casos se suceden ó del encadenamiento y evolución de la idea en la historia humana.