Proclo.—Lleva varios propósitos; pero el principal es de la mayor trascendencia. La ley divina que sigue la historia me ha suscitado en el tiempo debido para una función importantísima. Mi espíritu toma carne hacia el fin de la civilización antigua para comprenderla toda en conjunto armónico. El genio de la Grecia, con sus castizas o peculiares creaciones, con los sueños de sus poetas desde Lino y Orfeo hasta ahora, con su pensamiento filosófico desde Pitágoras hasta Jámblico, con los descubrimientos de sus matemáticos, astrónomos y físicos, y con las enseñanzas arcanas de Samotracia y de Eleusis; el genio de la Grecia, con los despojos ópimos que trajo de Egipto, de Persia y hasta de la India, después de las conquistas del Macedón; todo este trabajo, toda esta aglomeración de doctrinas, experimentos y especulaciones, han venido a fundirse en mi cabeza como en horno o crisol candente. Ya fundido todo, he desechado la escoria por los bríos de mi virtud crítica, y he guardado sólo el metal limpio y puro. Por último, por otra virtud plasmante que hay en mí he vaciado ese metal como en un molde, y he sacado a la luz el refulgente y completo sistema de la antigua sabiduría. Los pueblos del Norte acabaron ya con el imperio de Occidente. El imperio de Oriente sucumbirá también. Pronto vendrá la barbarie. Las tinieblas de la ignorancia cubrirán el mundo. Yo seré, desde entonces hasta que aparezca la aurora de una nueva y tal vez más rica civilización, faro luminoso que alumbre y guie al humano linaje.

Marino.—Reconozco la importancia de tu vida y de tus obras. Pero, concretándonos al caso singular de tu venida a Byzancio, ¿qué es lo que a ello te mueve?

Proclo.—Muéveme amor.

Marino.—¿Amor de patria? ¿Amor de gloria?

Proclo.—Amor de una mujer.

Marino.—¡De una mujer! Me dejas turulato. ¿Quién había de suponer que pensabas en tales cosas?

Proclo.—No hay motivo para que te quedes turulato. ¿Qué tiene de absurdo que yo ame a una mujer? La amo desde que la vi: desde hace quince años. Ella tenía entonces diez y siete. Hoy tiene treinta y dos. Entonces era como capullo de rosa: hoy debe de brillar con toda la pompa y el esplendor de la hermosura, en la plenitud de su vida. Claro está que si yo estuviese siempre reconcentrado en el Uno, no la amaría; pero, volviéndome, y no puedo menos de volverme, al mundo exterior, ¿qué hallaré en todo él que represente mejor al Bien y al Uno mismo? ¿Qué imagen, qué trasunto, qué destello de la belleza increada descubrirá el sabio que valga más que la mujer hermosa? Cuando el artista quiere representar a la ciencia, a la poesía, a la virtud, ¿no les da forma de mujer?

Marino.—Es cierto.

Proclo.—No debes, pues, maravillarte de que yo ame en esta mujer a la ciencia, a la poesía y a la virtud con forma visible.

Marino.—Ya no me maravillo. ¿Y puedo saber cómo se llama tu amada?