Crematurgo.—Envidiable frescura te concedió el cielo. ¿Cómo, al vernos entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes avergonzada en el centro de la tierra?
Eumorfo.—Eso mismo repito yo. ¿Cómo no te hundes en el centro de la tierra?
Crematurgo.—¡Inicua! Nos estabas engañando a todos.
Eumorfo.—Esto pasa de castaño oscuro. ¡Tres al mismo tiempo!
Crematurgo.—¿Qué puedes alegar en tu defensa?
Eumorfo.—Con razón enmudeces.
Asclepigenia.—Yo no enmudezco ni con razón ni sin ella. A fin de probaros que la razón no me falta, os contaré una parábola, si tenéis calma para oírla.
Crematurgo.—Cuenta.
Eumorfo.—Te escucho.
Asclepigenia. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que entró.) Y tú, ¿qué dices?