Sidarta.—No puede ser. Debo partir solo.
Gopa.—Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y cuándo, bien mío, ha de ser tu partida?
Sidarta.—En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme. Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa!
Gopa.—¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida, concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus labios.
(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)
CUADRO II.
Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.
Es de día. La misma cámara del tálamo.
GOPA y PRATYAPATI.
Pratyapati.—Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.