(Vuelve Manolita al teléfono.)
Explíquese usted, doña Rita. ¿Por qué no viene usted a buscarme?
(Después de escuchar por el teléfono.)
¡Conque usted no ha cumplido la orden de mamá! ¡Conque el general ha tolerado que Narcisito deje a usted plantada y se venga él en la berlina! ¡Doña Rita, es usted un monstruo!
(No responde nadie. Doña Rita ha cortado la comunicación.)
Pues, señor, meditemos con serenidad y con calma. Yo tengo muchísima gana de conocer a la condesa viuda que va a ser mi suegra; tengo también muchísima gana de brindar con Champagne en punto de las doce, en compañía del general y de sus tertulianos; y como Narcisito no es un galopín, sino un caballero, y no ha de querer empañar en lo más mínimo el espejo en que su honra se mire, me parece que bien puedo irme con él sin menoscabar mi decoro.
No es necesario que el público sepa esta determinación que he tomado; pero si la sabe...
(Suena la campanilla de la puerta.)
Ya está ahí Narcisito. Voy a ponerme el sombrero y el abrigo para irme con él. (Dirigiéndose al público.) ¿Quieren ustedes ser indulgentes conmigo, perdonar mi falta y aplaudirme antes de que me vaya?
(El autor supone que el público aplaude.—Cae el telón.)