Cada cual tiene su modo de hacer las cosas. Yo no he de dar reglas ni he de disputar sobre esto. Diré sólo que no comprendo al que embargado de un profundo dolor se pone a cantar o a escribir sobre el dolor que le embarga. La muerte de un ser querido, las desventuras de la patria, las tremendas luchas y los espantosos infortunios que suelen afligir al linaje humano, todo esto, cuando llega a convertirse en materia para nuestras creaciones literarias es cuando ya menos nos duele, porque si nos doliera, no escribiríamos, sino trataríamos de remediar el mal por medios prácticos, o le lloraríamos, informe e inefablemente y sin literatura, si no acertásemos a remediarle.
Acaso parezca sofisma; pero, si no lo fuese, y si no temiese yo hacerme pesado, llegaría a demostrar por este camino que a fuerza de ser sentimental cuando no escribo, soy poco sentimental en lo que escribo. No gusto de afligirme ni de llorar, ni gusto de afligir ni de hacer llorar a los otros. El que busque, pues, emociones terribles y profundas que no lea ni compre este librejo. Si yo logro que el librejo no aburra, cómprele y léale el que anhele deshechar u olvidar las terribles y profundas emociones, por virtud de otras superficiales, amenas y gratas.
EL CABALLERO DEL AZOR
I
Hará ya mucho más de rail afios, habla en lo más esquivo y fragoso de los Pirineos una espléndida abadía de benedictinos. El abad Eulogio pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia.
Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie había invadido casi todas las regiones de Europa. Por donde quiera luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda España estaba sujeta a la ley de Mahoma, salvo dos o tres Estadillos nacientes, donde entre breñas y riscos se guarecían los cristianos.
En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abadía de que hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas costumbres y en que la humana cultura podía salvarse del universal estrago. Gran fe tenían los monjes en sus rezos y en la misericordia de Dios, pero no desdeñaban la mundana prudencia. Y a fin de poder defenderse de las invasiones de bandidos, de barones poderosos y desalmados o de infieles muslimes, habían fortificado la abadía como casi inexpugnable castillo roquero, y mantenían a su servicio centenares de hombres de armas de los más vigorosos, probados y hábiles para la guerra.