—Aquí estoy, Poldy. Tuya es mi vida. Quiero ser y seré tuyo para siempre. Yo te amo, yo te idolatro, yo te adoro.

¿Qué había de contestar Poldy, muda de asombro, radiante de alegría, y con el amor y el pudor luchando en su alma?

Hizo, no obstante un esfuerzo y se puso de pie, aunque turbada y vacilante.

Entonces él se levantó también y la estrechó irresistible y cariñosamente entre sus brazos. Luego, juntó su rostro al de ella y cubrió de besos su frente, sus mejillas y su fresca boca.

Conoció Poldy al fin el peligro en que se hallaba, se avergonzó de ceder con tanta facilidad a quien veía y oía por vez primera; y, prestándole fuerzas su lastimado decoro, rechazó con violencia a su amante, se desprendió de entre sus brazos, y procuró guarecerse de su atrevimiento huyendo desalada y refugiándose en el castillo.

A solas en su estancia, se repuso Poldy de su temor, logró calmarse, y en el fondo de su alma no pudo menos de conceder su perdón al príncipe indio. ¿Qué no perdonará una mujer a un joven gallardo y elegante, enamoradísimo de ella, y que viene a buscarla y a ofrecerle su mano desde tan remotos países? Y por otra parte, ¿qué había de hacer él cuando ella había enmudecido, trémula y palpitante, y no respondía a sus palabras? Si el indio no hubiera hecho lo que hizo, o hubiera sido un ente sobrehumano de los que no se estilan, o un mozalvete ruin, desmedrado y muy para poco.

Así pensó Poldy. Yo no digo si pensó bien o si pensó mal. Digo solo que pensó así y que, en consecuencia de tales premisas, echó allá en su mente la absolución al joven indio.

Sacó luego de un cajón de su escritorio la fotografía iluminada y con morosa delectación se puso a contemplarla.

Tan embebecida estaba en esto, sentada junto a su bufete, donde había extendido la fotografía, que no vio ni oyó lo que pasaba en torno suyo.

De súbito, y cuando menos lo temía, oyó detrás de ella una estridente y sonora carcajada, tan diabólica y tan burlona como puede darla el más consumado cantante, haciendo el papel de Mefistófeles y atormentando a Margarita, en la ópera del Fausto. Con mucho sobresalto volvió Poldy la cara y vio apoyado en el respaldar de su silla a su hermano Enrique, con su facha de duende maligno, que se reía a casquillo quitado.