-VI-
Confidencias de doña Luz
La hija del médico provocó las confidencias, diciendo a doña Luz:
—¿Y por qué no has de casarte nunca? No te lo niego: yo conozco que es difícil, pero no imposible. Es difícil porque no hay en estos pueblos novio para ti, y porque tú no has de ir en busca de novio a las grandes ciudades. No está en tu condición ni en tu carácter ir a buscar colocación, bajo el amparo de alguna tía, que ya has desdeñado, o sola e independiente, ahora que eres mayor de edad.
—Inútil es que yo te conteste—dijo doña Luz—: tú misma contestas a la pregunta. Nuestra amistad, con todo, debe quedar hoy completa. Deseo poner en ella el sello de la verdad, no teniendo secretos para ti y abriéndote mi corazón. No he de recelar ni que me tengas por vana, ni que me rebajes en tu concepto: he de mostrarme a ti tal como soy. Te confesaré lo que a nadie he confesado. Ese rincón, ese pedazo de alma, donde dices tú que tenías amor para marido e hijos, aun antes de tenerlos, le tengo yo también en el alma mía; pero un orgullo que no se funda en razones, una repugnancia nacida de la manera con que he sido educada, se opone a que yo me case....
—Con otro Pepe Güeto, por ejemplo—interrumpió doña Manolita.
—Pepe Güeto es honrado, bueno, inteligente, es más rico que yo—replicó doña Luz—. Yo sería una necia si le desdeñase, fundando en algo mi desdén: pero esto no se razona, se siente, y es lo cierto que nadie, en las condiciones de Pepe Güeto, y estando en su juicio, me querrá para mujer propia, así como yo no le querré a él para marido. Entiéndase que hablo dentro de la vida ordinaria, sin nada de novela. Tal podría ser esta, que, no ya un hombre como Pepe Güeto, sino el último gañán pusiese los ojos en mí con razonable esperanza de lograrme, y yo cediese y fuese suya, no ya siendo hija de un marqués arruinado, sino siendo millonaria y princesa. Por dicha o por desgracia mía, o no hay de esos seres con prendas y excelencias superiores a su clase, lo cual probaría, en suma, que los hombres, por naturaleza, son más iguales de lo que se cree, y que tales prendas y excelencias son creadas por artificio, o, si hay de esos seres, no están reservados para mí, o yo carezco de imaginación para fingir en alguien, aunque no existan, todos aquellos primores que habrían de enamorarme. Así, pues, la energía de amor está en mí como dormida; pero no ha muerto. No permita Dios que mate yo en mí facultad alguna de las que el mismo Dios me ha dado. Duerma el amor en mi seno. A mi razón serena y fría toca velar para que no le despierte sino quien deba. Pero, hija mía, nadie acude a despertarle, y me temo que sea eterno su sueño.
—Vamos, yo me arrepiento de una tontería que he dicho—exclamó doña Manolita—. ¿Qué tendría de feo ni de malo que tú fueses y te mostrases donde conviene para que haya quien con títulos bastantes acuda a despertar a ese precioso amor dormido? Casi se me antoja que no sólo tienes derecho, sino que estás en la obligación de hacerlo. No es justo que tanta hermosura (¡cuidado si eres bonita!), no es lícito que tanta distinción y elegancia queden sepultadas en este lugar. Es cruel que tan lindo amor se consuma durmiendo, envejezca, y acaso, acaso, tenga el infortunio de que se le apolillen las alas. De seguro que hay mil galanes por ahí, por esos mundos, que caerían rendidos a tus plantas, si llegasen a verte. De seguro que habrá uno entre ellos a quien tú debes amar. Pero ¿cómo han de adivinar que estás aquí? ¿Por qué has de jugar con ellos al escondite?
—En primer lugar, porque, a fin de buscar poesía, no he de empezar yo destruyendo la poesía. El amor no ha de buscarse; ha de aparecer, ha de surgir de un modo providencial. Se busca fortuna, se buscan aventuras, se buscan negocios, y tú lo has dicho, se busca colocación; pero amor no se busca. Además, ¿adónde iré yo que no esté más fuera de mi sitio, más aislada que en Villafría? ¿Dónde me presentaré que no sea mirada como una aventurera? Casi estoy fuera de toda clase social. Mis parientes me humillarían si me fuese con ellos. Si me fuese sola, dirían todos como D. Acisclo, que yo era una vaca sin cencerro. Pudiera ser marquesa y no lo soy ni quiero serlo, porque es ridículo el título sin las rentas convenientes. Aquí, donde todos me conocen, soy la señorita doña Luz, la marquesita que conserva aún su casa solariega, y que se ha ganado la estimación y el respeto, porque nadie ignora su vida desde hace doce años. Por esos mundos sería yo una doña Luz algo misteriosa, de quien cada cual imaginaría mil horrores. Empezarían por afirmar una verdad, para inventar y poner sobre ella millón y medio de embustes. La verdad sería que soy hija de un marqués calavera y arruinado, y de una tal Antonia Gutiérrez, soltera y costurera, con quien mi padre tuvo amores. Créeme: en parte alguna estoy mejor que aquí, aunque no me enamore ni me case nunca. ¿Y por qué no enamorarme? ¿Por qué el amor ha de estar siempre dormido? Yo me inclino a creer que no hay varios amores, cada cual para su objeto, sino que el amor es uno; y aunque cambie el objeto, no cambia el amor. Si es así, como yo lo deseo, mi amor despertará y se empleará todo en la hermosura del cielo, en Dios que le ha criado, en las flores, en la poesía, y quién sabe si hasta en la ciencia, dado que en mi estrecho cerebro de mujer quepan sus grandes verdades, sus oscuros misterios y sus temerosos problemas.
—Nada sé contestarte—dijo doña Manolita—. Veo que en mucho de lo que dices tienes razón; pero ya que te confías en mí y me haces ver lo más escondido del alma, sácame de una curiosidad: explícame, si puedes, ciertas cosas que me parecen rarísimas en tu existencia. Por imprevisor, por descuidado que fuese tu padre, por pocos amigos y relaciones que tuviese en el mundo, ¿no tuvo a nadie a quien dejarte confiada sino a D. Acisclo? ¿Tú misma, habiendo vivido en Madrid hasta la edad de catorce años, no dejaste allí alguna amiga? ¿No dejaste allí a nadie que se interesara por ti?