—Vamos, papá, perdona mi desvergüenza filial, pero tú no sabes lo que te pescas.
Verdad es que doña Manolita dio a su padre un par de cariñosos besos para endulzar aquella mortificación de amor propio.
Hasta hubo ocasión en que D. Anselmo se sintió más mortificado y vejado. Entonces el propio P. Enrique tuvo que volver por él, afirmando que el asunto era difícil y que no merece censura, sino aplauso, el que le estudia con ahínco y con amor a la verdad, aunque se equivoque: que no deben reírse los que no saben nadar, ni se echan al agua, de los que por nadar se aventuran y se ahogan; y que sólo yerra el que aspira, y que sólo da caídas mortales el que tiene arranque y valor para encumbrarse y subir.
De esta suerte, encontró doña Luz un poderoso aliado para sus perpetuas disputas con el médico, cuyo inveterado positivismo no cedía jamás ni daba lugar a una conversión, pero cuyo concepto del saber, de la elevada inteligencia y de la bondad del Padre, era mayor cada día.
Si esto pensaba el adversario y el incrédulo, ¿qué no pensarían los creyentes, los que profesaban las mismas ideas, aquellos en cuyo favor el P. Enrique tan hábil y cortésmente peleaba? La veneración, el entusiasmo, la admiración por el P. Enrique, fueron subiendo en todas aquellas almas, y más que en ninguna en el alma entusiasta, solitaria y aislada de doña Luz.
Creíale un tesoro de santidad, un dechado de todas las virtudes, y un pozo inagotable de ciencia. Cuando el Padre hablaba, quedábase ella suspensa oyéndole, y se apartaba de todo y se reconcentraba a fin de no perder ni un acento y de comprender el más hondo sentido de su discurso. Su afán de saber se despertó como nunca, comparándose con el Padre y notando cuán ignorante ella era: y, aunque el Padre no hacía ostentación de su ciencia, ella le excitaba a que hablase, con mil preguntas, a las que el Padre, por más que por modestia lo repugnara, tenía al fin que responder.
La vida de las plantas, el movimiento de los astros, el sistema del mundo, la historia de los pueblos, de sus emigraciones, lenguas, creencias y leyes, todo era objeto de las preguntas de doña Luz, y a todo se veía obligado a responder el P. Enrique.
A veces salía doña Luz de paseo con Pepe Güeto y doña Manolita, cuya luna de miel se prolongaba de un modo poco común, y mientras los esposos iban de burla o de risa, delante o detrás, y en interminable cuchicheo, el Padre, que los acompañaba, sostenía con doña Luz un coloquio grave, que a ella le parecía amenísimo, instructivo y sublime.
Los médicos habían amenazado al P. Enrique hasta con la muerte si volvía a Filipinas antes de hallarse completamente repuesto. La permanencia, pues, del P. Enrique en Villafría, había de ser de dos o tres años.
Él se había repuesto mucho, pero estaba aún delicado. Aunque era hombre de cuarenta años, sus facciones finas y algo aniñadas le hacían parecer más mozo. Era blanco, si bien tostado el cutis por el sol; los ojos y el pelo negro; delgado, de mediana estatura, y de hermosa y despejada frente. Su vida de peregrino y de misionero, haciéndole vencer la debilidad de su constitución con la energía del alma, había prestado a su cuerpo extraordinaria agilidad y soltura.