Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube de verano, si D. Acisclo, con artes maquiavélicas, no hubiera atizado la discordia, dándole pábulo con ingeniosos chismes, diestramente divulgados, y no hubiera en sazón oportuna levantado bandera de enganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que se creían desairados o mal pagados de sus afanes.

De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minoría electoral, cuyo centro y núcleo era Villafría.

Entonces negoció con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreció su apoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyo al ya nombrado D. Jaime Pimentel, D. Acisclo se afanó por convertir su minoría en mayoría, trayendo a sí a los neutrales y vacilantes, y procurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no pocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porque no ambicionan empleos.

Entre estos desdeñosos, dignos en nuestro sentir de reprobación, porque dejan el campo libre a los explotadores, había en el distrito un hombre a quien, vencida su inercia, seguiría toda una población. La población era la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja. El Cincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con él daba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mío D. Juan Fresco, de cuyos labios sé esta historia, así como otras muchas no menos ejemplares, que contaré en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.

Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual le había sido útil y le había servido en algunos negocios; pero D. Juan Fresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo había montado a caballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le había escrito además cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada había bastado a quebrantar su resolución ni a cambiar su inveterada conducta de no mezclarse en elecciones ni en política para nada.

Don Acisclo rabiaba, se entristecía y se desesperaba de esta terquedad. Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco, a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchísimo de estar asegurada la victoria.

Entre tanto, preparado ya todo lo demás y próximas las elecciones, sólo faltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entonces con el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D. Acisclo probar por última vez sus fuerzas persuasivas cerca de D. Juan, revelándole el nombre del candidato y ponderándole sus prendas y merecimientos. A este fin le escribió nueva carta, lo más elocuente que supo. La contestación de D. Juan no se hizo aguardar más de un día, y fue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ella provino el contento que mostraba cuando se animó doña Manolita a preguntarle la causa de él, y la facilidad y buen talante con que lo declaró todo a doña Luz, a Pepe Güeto y a la mencionada hija del médico.

La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos en nuestro poder, y del cual no estará de más dar aquí traslado.

La carta es como sigue:

«Apreciable amigo y dueño: Hasta ahora me he resistido a todas las súplicas de V., por más que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y me he resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. en mucho. Ambos somos más liberales que Riego; ambos somos más despreocupados que el autor del Citador, libro que V. habrá leído; ambos somos progresistones de lo más fino y neto, y a ambos nos hechiza la igualdad, con tal de que no sea más que ante la ley, y salvas las desigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, por habilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos y otros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamos V. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consisten en que nos hemos forjado muy distinto ideal. Entiéndese por ideal, palabrilla que está muy a la moda, el término de las aspiraciones de cada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuanto hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que nos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos de adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias y sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas abundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se le confían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él reparte después entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación, ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción y cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dice muy bien, desde su punto de vista, ¿por qué no he de ser yo, que no soy más bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, se encargue de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quien reciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay que largar? De aquí que V. anhele, como quien no dice nada, producir un diputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que saque turrones. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso que vamos, no se realizará, si se realiza, hasta dentro de diez o doce siglos; pero, amigo, es menester ir encaminándose hacia él, aunque sea a paso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negación del Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un orden nacido armónicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. No quiero que nadie me enseñe; yo aprenderé lo que mejor me parezca y me buscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadie me abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se me antoje. Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa individual y que es necesario que el Gobierno tome en todo la iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. En suma, yo no tengo que presentar aquí todas las razones que contra mi ideal se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseo que conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado de mi irrealizable sistema, y considero apostasía trabajar en este otro archi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo de un sabio: «La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún». Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosas por el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razón que le sobra. Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribución es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribución luego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte.