Como lo pensó, lo hizo. Doña Manolita dijo a doña Luz que D. Jaime iba a prendarse de ella, apenas la viese; que D. Jaime no podía sospechar que, en un lugar tan arrinconado como Villafría, estuviese oculto tanto tesoro; y que, a su ver, era evidente el amor futuro de D. Jaime.
—¿Qué forastero—prosiguió—, no se ha enamorado de ti, de cuantos han venido a Villafría, jóvenes, libres y en estado de merecer? Prepara, pues, el almíbar con que sueles propinar las calabazas, si es que también piensas dárselas a éste. Pero, ¿quién sabe? El pretendiente, que ya columbro, no es rústico, ni lugareño, como los que has tenido hasta ahora. Dicen que es la flor y nata de los elegantes de Madrid, y además un bizarro militar y un hombre de gran porvenir y de extraordinario talento. ¿Serás tan fiera que también le desdeñes?
Doña Luz, sin enojarse, antes bien algo lisonjeada, contestó negando la validez del pronóstico, y asegurando, con modestia un poco fingida, que don Jaime, acostumbrado a ver en la corte tantas bellas mujeres, no repararía en ella ni le haría caso.
—Además—dijo doña Luz—, no haya miedo de que me pretenda ese caballero. Yo no soy lo que se llama un buen partido. Para él se necesita una rica heredera, que dé alas a su ambición, y no una señorita pobre que le encadene y le sirva de rémora y estorbo. Créeme, Manuela; ya te lo he dicho mil veces: yo no me casaré nunca... ni quiero casarme. No hablemos de esas tonterías, ni en broma.
Doña Manolita, durante estas frases que entre su amiga y ella se cruzaban, miró de soslayo al Padre y creyó ver que se había puesto más pálido que de costumbre. Por lo demás el Padre permaneció silencioso, y no dio su parecer ni sobre el enamoramiento posible de D. Jaime, ni sobre el constante propósito de doña Luz de permanecer soltera.
A las diez se retiró a su casa, y las dos amigas quedaron solas.
Alentada entonces doña Manolita con lo bien que su primera broma había sido tolerada, y tal vez agradecida como lisonja, en el fondo del alma de la hija del marqués, cayó en la tentación de aventurarse a dar otra broma bastante menos ligera.
Sin reflexionarlo mucho, dijo, pues, de este modo:
—¡Ay! ¡Hija! Me arrepiento de haberte dicho lo de D. Jaime.
—¿Y por qué te arrepientes?—preguntó con sencillez doña Luz—. Yo no creo probable que ese caballero cortesano se enamore de mí, en tres o cuatro días que ha de estar por aquí; pero como ni eso es imposible, ni me ofende el que tú, estimándome en más de lo que merezco, me vaticines tal triunfo, no tienes para qué arrepentirte, a no ser por el temor de exaltar demasiado mi amor propio.