Temió luego que tan rica creación se desvaneciese, que se disipase como si fuera soñada, y exclamó al fin con extraño candor:

—¿No me engaña V.? ¿Es cierto? ¿V. me ama?

—Con todo mi corazón—contestó D. Jaime tomando la linda mano de doña Luz y estampando en ella un beso.

—No sea V. loco. Levántese V.—dijo doña Luz, retirando con suavidad su mano de entre las de don Jaime.

—No me levantaré—replicó éste—, hasta saber si usted me corresponde.

—D. Jaime, por Dios, ¿qué quiere V. que yo le diga? Yo no sé si le amo a V.: pero si el contento que me causa el creerme amada y el temor de perder esta creencia son síntomas de amor, me parece que le amo.

Doña Luz se sonrojó como nunca al pronunciar tales palabras, y D. Jaime se levantó mostrando en su semblante la gratitud y la alegría que la confesión de doña Luz le causaba.

Después dijo:

—Deseche V. todo temor, y conserve la creencia de que la amaré siempre, y de que mi amor hacia V. sólo puede compararse con el respeto y la profunda admiración que V. merece.

Llegadas a ese punto las explicaciones, y yendo por camino tan llano, todo quedó tácitamente concertado en aquella entrevista, que duró poquísimo.