Don Jaime había encargado a Madrid algunas galas y joyas, que debían llegar de un día a otro.

Don Jaime mostraba viva impaciencia; parecía enamoradísimo, y trataba de apresurar la boda.

Mientras más se acercaba el suspirado día, más tiernos estaban los novios; sus coloquios íntimos eran interminables: juntos salían a caballo, doña Luz en el suyo, y D. Jaime en otro bastante bueno y bonito, de la propiedad de D. Acisclo; y también iban de paseo a pie, en compañía de doña Manolita, muy ufana de haber sido la mediadora en aquella feliz alianza.

El P. Enrique iba siempre a comer en casa de D. Acisclo, pero alegando que tenía que escribir o que estudiar, se quedaba a almorzar en su casa, donde su criado Ramón le preparaba y servía un frugal desayuno.

También de la tertulia de por la noche, o ya se retiraba más temprano que de costumbre, o ya se retraía el Padre: pero esto no era de extrañar.

Don Acisclo y Pepe Güeto le dieron el ejemplo. Ciertamente que la conversación en voz baja de los novios y su involuntaria abstracción de todos los circunstantes no convidaban a otra cosa.

El médico D. Anselmo iba y venía, permaneciendo poco tiempo en la reunión. Ya no disputaba ni sacaba a relucir sus filosofías, porque doña Luz no prestaba atención a nada que no fuese D. Jaime.

Resultaba, pues, que la tertulia, tan bulliciosa antes, se hallaba casi siempre en cuadro.

Don Acisclo, D. Anselmo, Pepe Güeto y el Padre se escabullían; y quedaban solos los novios, en su eterno palique, como decía doña Manolita; ésta, que se resignaba con gusto a hacer el papel de dueña; el galgo Palomo, que se echaba a los pies de D. Jaime, a quien había tomado mucho cariño por conocer instintivamente el mucho que le tenía su ama; y a veces el cura D. Miguel, a quien los cuchicheos de los amantes producían idéntico efecto que los gritos y discursos de los filósofos, dejándole gratamente dormido, y soñando quizá en el gran papel que le tocaba hacer en aquel drama regocijado, cuando echase a los novios las bendiciones.

Huérfanos ambos novios de padre y madre, y decididos a que la boda se celebrase sin dar parte a nadie y sin ruido, lo concertaron todo tan deprisa que ya no les faltaba sino cuatro días para verse casados, exentos del cuidado de convidar a nadie de Madrid, y de llamar a amigos o a parientes para que asistiesen a la boda en aquel lugar.