Allí nada había de afectado ni de convencional. Era el ser del Padre, que se retrataba fielmente. Se diría que su fe, encerrada en interior y fuerte alcázar, peleaba contra el humano discurso, que no quería destruirla, pero que hacía cuantos esfuerzos son conducentes para ello, a fin de verla salir vencedora y triunfante de estos esfuerzos mismos.

Desde la venida del diputado D. Jaime, el Padre iba cada día deteniéndose menos en casa de su tío, y por consiguiente quedando más tiempo en su estancia solitaria.

La obra, con todo, no cundía ni adelantaba por eso. Antes bien, el padre escribía en ella menos que nunca. Se sentaba en su bufete; se colocaba delante el libro en blanco, donde iba vertiendo sus ideas conforme se le ocurrían, salvo el ponerlas más tarde en orden según un plan sabio y bien meditado; tomaba la pluma por último; pero todo era en balde. No se presentaba nada claro y concreto que decir. Un mar de pensamientos y de sentimientos se agitaba en su espíritu, como si viniese sobre ellos el más violento huracán, barajándolo y revolviéndolo todo, por donde, en vez de una creación armónica, brotaba el caos tenebroso.

De esta suerte, después de soltar la pluma, los codos sobre la mesa, la diestra en la mejilla, se pasaba el Padre largas horas sin escribir y sin hacer nada. Otras veces andaba por el cuarto a largos pasos. Otras se echaba en un sillón y se cubría el rostro con las manos. Jamás se había sentido tan inactivo, tan incapaz y tan infecundo.

Un día cerró con despecho el volumen en que iba escribiendo sus apuntes, y se puso a escribir en hojas sueltas. La inspiración entonces vino sin duda en su auxilio. La pluma corrió precipitada como si el torrente de ideas que tenía que verter le imprimiera un movimiento extraordinario.

¿Por qué raro hechizo hallaba el Padre esta facilidad para escribir en hojas sueltas, cuando tan premioso estaba para escribir en el libro? El hechizo no estaba en el libro ni en las hojas sueltas, sino en el asunto.

El Padre se acababa de decidir a escribir sobre otro, que singularmente le importaba, que le preocupaba hacía tiempo, que pesaba sobre él, y del que era menester desahogarse. Por esto la pluma corría.

El padre estaba fijando en el papel lo más recóndito de su alma.

«No basta—escribía—, ¡oh mi Dios!, que yo me confiese contigo. ¿Qué tinieblas no penetras Tú con tu claridad? ¿En qué abismo no se hunde tu mirada? Tú lo sabes todo. Nada tengo que decirte. Sólo debo pedirte perdón. Pero el peso de este misterio de mi alma me abruma, mientras sin tomar forma, sin revestirse de la palabra, vive en mi centro, conociéndole tú solo. Es indudable: aun prescindiendo de la virtud sagrada del sacramento, la confesión es un manantial de consuelos; es, cuando menos, un alivio. Confesar a alguien nuestra pena, nuestra humillación o nuestro pecado, es compartirlo todo con él. Pero ¿a qué semejante mío podría yo confesarme? Los amigos, los sabios directores de mi conciencia, aquellos en quienes yo me confiaba, están muy lejos, allá en los mares e islas del extremo Oriente. Es verdad que todo sacerdote sentado en el tribunal de la penitencia, investido por Dios mismo de la facultad de sentenciar y de absolver, recibe por gracia lo que a veces por naturaleza no ha recibido: bastante lucidez de espíritu para comprenderlo todo. Y sin embargo, yo no me decido a confesarme con este excelente y benigno D. Miguel. ¿Qué le voy a decir? ¿Tengo algo de terminante y de bien calificado? ¿Hay infracción clara de los mandamientos divinos que constituya mi culpa? Mi culpa es grave, gravísima, y no obstante, yo no puedo declarársela a D. Miguel sin referir pormenores, sin aludir a personas, sin comprometer a alguien a quien no tengo derecho a comprometer. Yo puedo echarme a los pies de este buen sacerdote, y decirle que soy soberbio, envidioso, impuro, y pedirle que me castigue y luego me perdone; pero lo íntimo de mi falta quedará por confesar: es por mil razones inenarrable para él.

»¿Es por esto mi confesión imposible? En cierto modo, yo puedo aliviarme del peso que me fatiga, sacándole fuera de mi alma, encadenándole en la palabra escrita, aunque nadie la lea. La palabra es don divino, y posee, entre mil otras virtudes, una admirable energía consoladora. Lo que se fija y encierra en letras, queda allí como preso y atado, y no lastima y destroza tanto el corazón como lo que persiste en él inefable e informe. Además, para conocerme mejor, para ver mi mal, conviene presentármele de una manera distinta. El aspecto exterior, nuestro semblante, ¿cómo verle sin que en un espejo se refleje? Así el alma, así las heridas que en ella hay, aunque duelan, aunque aflijan, no se comprenden, no se perciben por completo, cuando quedan confusas en el fondo del alma misma, y no se expresan y declaran en el lenguaje humano. Quiero, pues, estudiarme con valor, romper o desatar la venda o compresa que las cubre, y catar yo mismo mis heridas.